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viernes, 21 de enero de 2011

Diseños ergonómicos (uy, mi lumbago)

Llevo toda la semana medio accidentada, merced a los diseños ergonómicos. Sí, esos que pretenden hacernos la vida más cómoda y mejorar nuestra postura para prevenir nuestros problemas de salud.
Creo que el primer encontronazo que tuve con estos artilugios infernales fue ya hace años, cuando se compadecieron de nostros, los bajitos, y colgaron una especie de asitas de las barras de los autobuses, para que nosotros también pudiéramos agarrarnos y evitáramos salir disparados por ahí en cualquier frenazo. Supongo que os acordaréis de ellas: estaban colgadas, por una especie de cintajo, de las barras horizontales. Tenían forma de estribo y, según el manual de instrucciones, no tenías más que meter la manita dentro y agarrarte bien, para que el mundo fuera tuyo. Pues bueno, con cada frenada, los cintajos se empezaban a desplazar por la barra y una hilera de canijos nos precipitábamos, a gran velocidad, hasta el tope, que era la inmediata barra vertical. De ahí no pasábamos, a no ser que soltáramos la maldita asa, pero nos chocábamos entre nosotros, como el número idiota ése de las fichas de dominó.
Hace mucho tiempo que no veo uno de estos artefactos sado, pero no por eso mi vida ha sido más fácil desde entonces. Sigo condenada a la maldición de los diseños ergonómicos que convierten mi vida en un puto infierno.
Un ejemplo, por ejemplo:
Hace tiempo que tengo la muñeca derecha para el arrastre (la Barbie no, que no me la trajeron los Reyes, al final, la que une mi mano a mi brazo), dolorida y chirriante (cuando la giro, suena "crek, crek", como si, en vez de un cacho de mí misma, hiciera sonar una carraca, para el fútbol me vendría de perlas, lo malo es que no voy). Normalmente no le hago caso, porque tengo asumido hace ya tiempo que soy deforme, qué le voy a hacer. Pero hoy he comprobado que se debe a mi alfombrilla de ratón anatómica. Sí, esa  que tiene una pieza de silicona que parece un perrito caliente, pero sin salchicha. En teoría, apoyas la muñeca en esa especie de almohadilla pensada para que no se te canse la mano, adoptes una postura bien correcta y el túnel carpiano que, en mi imaginación, se parece al de Guadarrama, pero sin luces, no se fastidie y te toque pasar por quirófano y costarle a tu empresa una pasta en bajas. Pues bueno, como muy lista no he sido nunca, yo notaba que me dolía, cada vez más, hasta que he comprendido que la almohadilla de los cojones no es tan blandita como nos quieren vender y que, los que llevamos el reloj en la mano derecha, estamos condenados a clavárnoslo y, ya de paso, a que nos quede la mano colgando, como a las niñas pijas. He cambiado la puñetera alfombrilla por un ergonómico folio (reciclado,  eso sí) y la muñeca ha dejado de dolerme. Elena-1, Diseños ergonómicos-0.
Si esto fuera lo único, la cosa no iría mal, al fin y al cabo, ¿quién coño me manda llevar reloj y, para más Inri, hacerlo en la mano derecha? Pero no, esto no acaba aquí, noooo. Faltaba, por ejemplo, el ataque de la silla homologada.
Sí, efectivamente, me siento en una silla perfectamente diseñada para mantener mi esqueleto colocadito y mono... al menos en teoría. Pero la realidad es siempre mucho más dura (snif).
Para empezar, el refuerzo lumbar: si no me equivoco, que podría hacerlo, porque quiero y la gana real, ese refuerzo viene muy bien para que la parte baja de la espalda no sufra cuando estás sentada y prevenir las hernias de disco. Pero viene a ser como si te plantaran un cacho hierro, del tamaño de una barra de lomo, entre la silla y los riñones. Oh, qué estupendo, qué descanso... cuando me levanto para ir al váter, que deja de molestarme. Miro a ver si hay alguna forma de mover esa pieza para que no me fastidie tanto y encuentro la posición 2 de refuerzo lumbar, que se activa moviendo una especie de palanca que, hay que joderse, parece que está soldada. Creo que he solucionado el problema. Me echo para atrás, para comprobarlo... y todo el respaldo se dobla. ¡Ahhhhh, que me caigo! Casi era mejor de la otra forma. Pero, por supuesto, ahora no puedo volverla a su posición original. ¿Qué hago? ¿Le lloro a algún compañero, a ver si se compadece de mí y me echa una manita? Elena-1, Diseños ergonómicos-1. Joder.
Al final, decido sufrir estoicamente, con tal de no reconocer que soy gilipollas y que, como decía mi madre, "no hay situación, por desesperada, que no sea susceptible de empeorar".
Por que, efectivamente, la cosa empeora. Como me voy p'atrás , los brazos de la silla, en algunos momentos, me quedan muy altos. Pero tranquilos, que no cunda el pánico: los brazos pueden regularse y ponerse más altos o más bajos, según seas una cosa enorme o tirando a canija, como la que suscribe.
Total, que subo el brazo izquierdo. Uy, lo he subido demasiado. Y claro, ¿qué pasa? Síiii, lo habéis adivinado. Al intentar volverlo a su posición original, lo dejo más alto que el derecho y no sé cómo arreglar el asunto, porque se atasca. ¿Tal vez subiendo el derecho a la misma altura? Gran idea pero, cuando creo que ya está, veo que me voy echando para la izquierda. ¿Será que los brazos siguen a distinta altura o que me estoy cayendo otra vez? Me da igual la respuesta, pero los brazos siguen estando dispares. Elena-1, Diseños ergonómicos-2. Coño.
En fin, caída para a trás y hacia el lado izquierdo, no llego al ordenador, así que, para poder escribir, tengo que separarme del respaldo y no apoyarme en los brazos, con lo que el potencial ergonómico de la silla, se va a tomar por culo. Me siento como el osito pequeñito, después de la actuación vandálica de Ricitos de Oro: "alguien se ha sentado en mi sillita... y la ha jodido, pero bien". Lo malo es que no puedo echarle la culpa a nadie. Casi parece de coña, pero así estoy más cómoda. Elena-2, Diseños ergonómicos-2.
Ante objetos tan malignos, un empate equivale a una victoria pero, por desgracia, el problema de la silla, no es más que la punta del iceberg en mi relación con las estructuras adaptadas. Sí, exactamente. Cuando me siento en los asientos del metro o del autobús... no me cabe el culo (Elena-2, Diseños ergonómicos-3. Mierda). Cuando intento escribir con un boli diseñado para que te descanse la mano, a mí se me cae a cachos (Elena-2, Diseños ergonómicos-4. Esto no me mola nada, pero nada, nada). Los reposacabezas y las almohadas cervicales, me dan tortícolis (Elena-2, Diseños ergonómicos-5. Esto va cada vez peor). Con las zapatillas con forma anatómica, me duelen los pies (Elena-2, Diseños ergonómicos-6. Su puta madre). Los agarradores que tienen la forma de los dedos, se me clavan en la mano (Elena-2, Diseños ergonómicos-7. A tomar por culo). Y una vez que intenté sentarme en una silla que tenían unos amiguetes, con un diseño de los que te obliga a mantener la espalda recta, con unos rodillos acolchados para sujetar las rodillas y toda la leche, me metí una chufa que me quedé temblando (Elena-3, Diseños ergonómicos-7, porque les pité penalty, a los muy cabrones y lo marqué, pues no faltaba más).
La derrota ya es por goleada, pero falta el marcaje de última hora: para rematar la cosa yo, que soy idiota y no aprendo, le he acoplado a mi teclado una pieza la mar de regonita, debajo de la barra espaciadora. En teoría, es una cosa la hostia de buena, porque no se te tuercen las manos al escribir, aumentas la velocidad de escritura hasta unas veintiocho mil pulsaciones y te conviertes en una taquimecanógrafa del copón... Pues a mí, se me cae, me paso el tiempo volviéndolo a colocar y, al acabar de escribir, me duelen las manos como antes y no escribo más deprisa. Elena-3, Diseños ergonómicos-8. Esto es un desastre pese a que, como dicen los futbolistas cuando se la meten doblada, "merecí ganar".
En fin, que he decidido no volver a hacer uso, en jamás de los jamases, de los diseños ergonómicos. Prefiero esforciarme yo solita, es más digno. Y os recomiendo que vosotros hagáis lo mismo porque, al final, vivimos pendientes de la ortopedia preventiva que, no sólo no nos sirve para nada y nos cuesta un montón de pasta sino que, además, es un estrés y un sinvivir.

3 comentarios:

  1. Cuando me trasladaron de despacho me llevé de estrangis, a las tres y cuarto de la tarde, cuando ya nadie había por los pasillos, mi silla primigenia en la empresa. "Mujer - oí decir- si la que hay abajo es igual"... Y una leche! pensé yo, que cuando una encuentra una silla de oficina en la que se sienta y no se cae hay que llevársela puesta. En mi empresa, que no saben cómo gastarse los dineros, van y compran pantallas de ordenador aún más grandes y sillas aún más poderosas. "Quieto!!! - le dije al sujeto que venía con intenciones aviesas, o sea, cambiar ambos objetos de mi mesa- Estás muerto si tocas mi silla, chaval".
    Prefiero pasar por extravagante, qué queréis, a estas alturas de mi vida prefiero mi faja de toda la vida que una nueva.... Es la edad, Elena, confiésalo.

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  2. Eh, que yo he intentado hacer lo mismo con "mi" silla del trabajo, pero repetidas veces me han dicho que sólo puedo llevarme en los traslados el último boli bic chupado por el capuchón... así que en los últimos tiempos me ocurre que cuando consigo adaptarme a la silla que me es asignada, cosa de un año majomeno, me vuelven a trasladar y vuelta a empezar; tengo "umbago que no me puó ni cachar". Por cierto, ¿os apañáis con el cajoncito ése que se pone en el suelo para que los pies no te queden ni colgando ni apoyados sino todo lo contrario? Yo no lo consigo ni subiendo ni bajando la silla, creo que soy yo la que es de una talla menos siempre.
    Snif, querida hermana, tienes toda la razón del mundo, esto sí que es un estrés y un sinvivir

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  3. Ay, hemmana, lo del cajoncillo es una de esas cosas que nunca he alcanzado a comprender. Cuando me cambié de sitio en el curro, dejé el mío a mi sustituta, porque tenía la sensación de estar accionando una singer, como la de la abuela...

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