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lunes, 9 de julio de 2012

Ring ring... ¡Aaaaaaaaaaaaaaaah!

Desde hace un porrón de años el timbre del teléfono es para mí uno de los sonidos más repugnantes que existe. Me parece un asco y, en realidad, me importa un rábano cómo suene, siempre es odioso y antiestético. Ahora resulta que puedes elegir unos cuatrocientos mil tonos diferentes que, aparentemente, hacen más llevadero su petardeo, pero es inútil, al menos en mi caso: el ring clásico me hace pegar un bote en la silla (he llegado a hacer desconchones en el techo), el blopblopblop que se puso de modo en los ochenta, además de pegarme idéntico susto, siempre me hace creer que está hirviendo el auricular y que, al contestar, me voy a quemar la oreja; las diferentes musiquillas, tan monas cuando las seleccionas, acaban siendo cargantes, petardas y, en ocasiones, siniestras. Porque, a ver, quién no se pega un sustazo cuando, a las tres de la mañana, oye en la mesilla la sintonía que acompaña a Darth Vader. Se dice que algunas personas huyeron, en medio de la noche, creyendo que los Sith "ya estaban aquíiiii".
Pues las melodías clásicas tampoco son lo que se dice relajantes. Las eliges con toda la ilusión del mundo pero, con la repetición, se acaban convirtiendo en un coñazo. Todavía recuerdo un fijo que tuve hace unos años, tan feliz estaba yo por haber seleccionado como sintonía la célebre aria de la Reina de la Noche, de La Flauta Mágica. Caray, con lo que me gustaba esa aria, sobre todo interpretada por Lucia Popp, me encantaba soltar estentóreos gallos intentando imitar sus gorgoritos... Las primeras once mil veces. Ahora la odio cordialmente y no detesto a Mozart porque, el pobre, nunca tuvo que sufrir la interrupción de un teléfono. ¿Le podéis imaginar componiendo el "Requiem" y que cada vez que el contratante llamara para saber qué tal iba la pieza le sonara algo de Salieri? Menuda putada.
Pensando que, a lo mejor, eran los compases barrocos los que me ponían de los nervios, últimamente he seleccionado un Nocturno de Chopin como sintonía, a ver si así me relajo... pues tampoco. Cuando suena la pianola, automáticamente, empiezo a soltar denuestos y sonoros mugidos. Seguro que Chopin, con lo emocionado que debía estar él en Mallorca, pensaba "uy, pero qué cosa tan regonita que me está saliendo. Apuesto las orejas a que, algún día, alguien la pondrá en el teléfono y se emocionará grandemente". Iluso. Eso se llama falta de perspectiva histórica.
Ni el móvil se libra de esta maldición sonora. En el mío tengo recogidas un montón de musiquitas, a cual más fermosa, para poder seleccionar una u otra según mi estado de ánimo: Cantos goliárdicos de Carl Orff, alguna cosilla de los Ramones, Couperin, Lynrd Skynrd, Scorpions... Bueno, pues todas estas lindas y queridas piececillas se han vuelto ya odiosas para mí. Y es que yo creo que hasta la composición más sublime se convierte en una melopea y un coñazo en el momento en que pasa a ser tono telefónico. Para que luego te soplen tres euracos por descarga (snif).
Pero aquí no acaban los males del teléfono. Encima, tienes que soportar que tus amigos te odien porque, en los escasos momentos en que tú te deleitas escuchando tus artísticos compases, a ellos les sale el buzón de voz y siempre les queda la duda de si es que tienes el aparato en el fondo del bolso y no has llegado o, sencillamente, estás aprovechando para oír a Def Leppard mientras ellos, con la que está cayendo, se dejan las pelas en la llamada y te dejan unos bodrios de mensajes que nunca oyes.
Podríais pensar "bueno, pues si tanto te fastidia que te llamen, dile a la gente que te mande mensajes, que sale más baratillo y ya está". Demasiado fácil sería, porque mi tono de mensajes es un sonoro relincho (yo discreta, como siempre) y más de una vez me ha puesto en un apuro en una reunión de trabajo, por olvidarme de silenciarlo... Como cuando al rey le sonaron unos bebés durante una recepción... pero en equino. Un desastre.
Y aún no os he contado lo peor de todo... Que siempre que estás en casa y suena, ya una musiquilla odiosa, ya un timbre estridente, ya cualquier onomatopeya, cuando lo coges, una voz melosa trata de venderte algo, generalmente una mejora en tu línea telefónica, tu conexión a internet o yo qué sé qué más. Joder, encima que te pegas un susto, te toca aguantar unos rollos patateros que ni te cuento. Además, yo no sé quién instruye a los teleoperadores en las técnicas de venta, pero esa manía de repetir constantemente mi nombre me ataca no sabéis cuánto ("mmm... buenas tardes, doña Elena, ¿es usted la titular de la línea, doña Elena? Llamo de mierdilain, doña Elena, porque estamos cableando su barrio, doña Elena y tenemos, doña Elena, una oferta que es la polla, doña Elena... ¿doña Elena? ¿¿doña Elenaaaaaaaaaaa?? Porque yo, a estas alturas, ya he huído y el/la pobre teleoperador/a lleva un buen rato hablándole al vacío, mientras "doña Elena" se toma una valeriana y piensa, seriamente, en cambiarse el nombre por algo francamente difícil de pronunciar, Desideriaemerencianaúrsula, por ejemplo.
Últimamente estoy pensando muy en serio en cambiar de teléfono y poner uno para sordos, ya sabéis, de los que tienen lucecitas, en vez de timbre. Así, con mirar hacia otro lado, asunto concluido. Aunque, seguramente, acabaré desarrollando fobia a las lucecitas y luego no podré acercarme a los semáforos, con gran riesgo para mi salud vial.
Ya dice mi amigo Fran que a mí, lo que me pasa, es que odio hablar por teléfono. Y puede que tenga razón porque para mí, os lo aseguro, ese timbre irrumpiendo, constantemente y sin aviso en mi vida, es un estrés y un sinvivir.