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domingo, 27 de noviembre de 2011

Apúntate a la dieta del bacon y la cerveza (al menos, estarás segura de los resultados)

                

                Llevo varios meses oyendo por ahí cantar las excelencias de uno de esos regímentes totalitarios que, sin ser políticos, amenazan gravemente la estabilidad del mundo occidental como lo conocemos. Me refiero, claro está, a la Dieta Dukan de las Narices.
                  Resulta que, como ya sabéis, ando por el mundo totalmente despistada y no me había enterado de las grandes maravillas que ha obrado en los cuerpos orondos de nuestros amigos y vecinos, que ahora mi peña parece la Pasarela Cibeles. Ya lo había comprobado, con motivo de la exhibición romana, cuando casi me caigo de culo al ver que, con la túnica, parecía una musa de Botero (el pintor) pero pensaba que era cosa de las costuras del traje, que estaban mal hechas. Ilusa (yo, claro).
                El caso es que un día me voy a cotillear a la FNAC y me encuentro toda una hilera de libros que se titulan “Estoy hecha una morsa”, digo “No consigo adelgazar” y pienso, “pues hijo, como todos, tampoco da para escribir una novela”. Porque pensaba que era uno de esos libros escritos por periodistas en plan denuncia…
                Como la portada no tenía una fotografía de alguien enormemente gordo escoltado por la policía, comprendí que no debía ser una novela de intriga, sino uno de esos manuales de autoayuda, como los de “Dejar de fumar está tirado, es que tú eres tonto” o el de “Si no te has convertido en súper jefe en un par de días es que no tienes remedio” y ya no os cuento, los de “Siempre consiguen venderme productos absurdos por teléfono”, “Me arreglo yo misma el pelo… y así me luce” y otros muchos que no menciono, porque no me sé el título (tampoco los que os digo me los sé, pero podrían ser verdad, ¿a que sí?).

                Recordé que hace unos años, veías a todo el mundo en el metro leyendo una especie de melopea que se llamaba algo así como “¿Quién se ha llevado mi queso?”, que yo creo que debió tener tanto éxito como “El código Davinci” o “La sombra del viento”. Sólo que en los dos últimos era fácil averiguar quién era el asesino (el mayordomo, ¿quién si no?), pero en el del queso, pensabas que era el ratón de la portada, lógicamente, el que se había comido el queso del título (¿manchego, de bola, cabrales?). Pues no, resulta que eran unas técnicas “originalísimas” para convertirte en un buitre en tu trabajo, conseguir el premio de “empleado del mes” y ser el compañero más odiado en todos los foros sociales. Una pena, con lo que me gusta el queso…

                Total, que como hace años que he decidido que mi focosa condición (o mi natural frondoso, como ya expliqué en otra entrada) es un rasgo definitorio de mi personalidad, no le hice ni puñetero caso a los librillos esos y me compré, en cambio, un mamotreto la mar de divertido sobre lo mal que olía Londres en el siglo XIX (el “gran hedor”, lo llamaron, qué ajco, a lo mejor fue a consecuencia de un queso...).

                Y, de repente, empiezo a oír por todas partes que un tal Dukan se está llevando los kilos de todas mis amigas y parientes y alguien me cuenta que el libro que yo vi es el que explica la famosa dieta. Entonces me pregunto, “¿cómo sigo yo hecha un tostón, mientras todos a mi alrededor se han convertido en figurines?”. Interrogo a unos y a otros y encuentro las respuestas de siempre, a saber:
-          Respuesta modelo número 1: es una maravilla de régimen y pierdes once mil kilos por segundo. Además es facilísima de seguir, no pasas nada de hambre, haces amigos en internete y tu vida se convierte en un lecho de rosas. Para colmo, cuando lo terminas estás buenísima, todos te admiran y follas como una posesa con tíos de belleza casi sobrenatural.
-          Repuesta modelo número 2: es potencialmente mortal, el gobierno esconde cientos de casos de personas que han fallecido entre estertores y ruidosos regüeldos. Si consigues sobrevivir a tamaño desatino te genera, a medio y largo plazo, tiña, espondilitis y cara de culo y, tarada de por vida, no podrás solicitar ninguna indemnización ni tramitar una pensión por incapacidad, porque está tipificada como producto venenoso;
-          Respuesta modelo número 3 (o “lo que diría el doctor Grande Covián”): no vale pa ná de ná, las dietas milagro no existen y encima te han soplado 20 napos por el libro (bueno, no sé lo que vale, que conste), para que, al final, llegues a la conclusión de que sólo se adelgaza comiendo menos.

Nada de esto me aclaró, en realidad, qué cojones es la tal Dieta Dukan. Una compañera de trabajo cuando, al salir a desayunar le dije al camarero que me pusiera bacon, porque era jueves (sí, soy así de vulgar, cada día de la semana desayuno una cosa distinta y los jueves toca bacon) va y me suelta “ah, veo que has leído el mismo libro que yo” y yo le pregunté “ah, ¿tú también te has enganchado a Juego de tronos?” y ella me miró con cara de “¿jaaaaaaaaaarl?”, así que supuse que no era ese libro.
             Total que al final, como siempre, es la familia la que te ayuda en tus momentos más difíciles y han sido mis fermosos hermanuelos los que me han explicado en qué consiste el régimen del señor éste. Que hay que comer sólo proteínas durante una pequeña temporada, así adelgazas. Luego, vas volviendo “moquito a moco” a comer hidratos de carbono, hasta que sólo dedicas un día a las proteínas. Después recuperas una alimentación normal y luego, si te ves una mañana más gorda, pues haces un día de proteínas y otra vez puedes enfundar tus orondas nalgas en una talla 38.

Pero ya sabéis que yo entiendo las cosas a mi manera. Me he puesto súper contenta, pensando que, con este sistema, debo empezar a comer bacon todos los días, para cubrir el aporte de proteínas que Dukan requiere. Después de una semana así, podría empezar, paulatinamente, a introducir hidratos en mi menú y ¿qué mejor que unas cervezas? De forma que, en el plazo de unos meses, podría alcanzar el equilibrio que supone tomarte una caña y un montadito de panceta para conservar la línea.
Dicen que todos los principios son difíciles, pero me temo que, en pocos días, no podré ni agacharme a atarme los cordones de las zapas y volveré a creer que todos mis vaqueros han encogido. Además, cuando me toque el reconocimiento médico del curro, me dirán que tengo el colesterol alto y que he alcanzado el siempre honroso grado de “obesidad en grado  siete” o “formato mesa camilla”. También preveo que, los primeros días de sólo hidratos, podré estar pelín txuza, con tanta cerveza y sin comer. Pero creo que, a la larga, mis sacrificios se verán recompensados y luciré mi cinturita de avispa por doquier. Así, el próximo año, propondré que nos disfracemos de gladiadoras o cualquier otra cosa que deje las carnes al aire y rabiarán todas mis amigas. El mundo será un lugar mejor y el Getafe ganará la liga…
Pues no, como podéis imaginar, me he equivocado (snif). Resulta que sólo puedes comer las proteínas coñazo (pavo desgrasado, seitán a la plancha y yo qué sé qué más guarreridas), todo ello cocinado sin grasas, en piezas magras y, por supuesto, muy pequeñitas. Pues vaya mierda, para eso sigo los consejos del doctor Grande Covián…
                Encima, me llegan noticias de quien está sufriendo en sus carnes los efectos de tan draconiano régimen: seiscientos gramos de más la semana pasada… Pues hay que joderse, después de llevar un mes comiendo tofu en salsa de agua.
                Absolutamente deprimida al conocer los sufrimientos de mis seres queridos, decido pedirme un montado de torreznos y un botellín, para eso es jueves (o no).
                Sigo igual de frondosa, o quién sabe si más, pero creo que, no importa cuáles sean sus resultados, seguir la dieta Dukan, y habéis podido comprobar que lo hago a rajatabla, no sólo no me adelgaza, sino que es un estrés y un sinvivir.