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lunes, 22 de octubre de 2012

Una tanda de croquetas

¿Os acordáis, cuando hablaba de "puñadejos, chorrillos y palmos", que os dije que la expresión "una tanda" podía aplicarse a cantidades ingentes de comida, como croquetas y albondiguillas? Pues eso es lo que me ha pasado este fin de semana cuando, sin saber cómo, me he encontré ante una montaña de bechamel, dispuesta a aprovechar los restos del cocido...
Porque, tendréis que reconocer conmigo, las croquetas de cocido están que te cagas, pero más que te cagas aún es que las haga otro y tú pongas los cinco sentidos en zampártelas.
Lo malo es que nadie suele estar por la labor y existe para ello en internet un manido catálogo de excusas, entre las que podéis seleccionar la que más os mole: que si la cocina se pone hecha un asco, que si son muy laboriosas, que si las congeladas de la marca Tararí están buenísimas, que si ya no las haces porque los niños hacían ascos... En fin, lo dicho, elegid la que queráis y nadie os pondrá cara rara porque toooooodo el mundo que alguna vez se haya enfrentado a ellas sabe que prepararlas es un coñazo.
Pero yo tengo ese punto masocatontorrón y me da, algunas veces, por preparar comidas pantagruélicas (como aquella vez que hice un cuscús para dos y tuve que invitar a seis personas más a comer y aún me sobró... para hacer croquetas). Así que, el viernes por la noche, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que todos los programas de la tele eran un bodrio que te pasas y que no me apetecía empezar un libro, porque acababa de terminar otro, agarré la batidora (sí, ya lo sé, soy una hereje... pero la bechamel de las herejes "nunca" tiene grumos) y me puse manos a la obra.
Lo malo es que yo aprendí a preparar las deliciosas fritillas con el vademecum de la cocina anterior a Simone Ortega, a saber, el libro de cocina de la Sección Femenina. Joder, no os riáis, que es verdaaaaaaaaad. Ese ladrillo, que ya no encuentro en las librerías, tiene mogollón de recetas geniales (guay) y un enooooorme problema (no tan guay o, para ser más sinceros, jodóoooooo), que todas las cantidades están pensadas para una familia de seis miembros. Así que, si te ajustas a la receta, te pasas once mil días engullendo tu último engendro (y si eran albóndigas con pisto, pues no hay problema, pero si era arroz, se convertirá en una especie de engrudo y se lo comerá tu abuela).
Ya sé que me diréis que basta con unos pequeños cálculos para resolver un problema tan estúpido. Qué listos sois todos. Si me salieran igual de bien las cosas dividiéndolas por la mitad o por tres o por lo que fuera, habría conseguido una cantidad asumible de croquetas, pero ¡no me saleeeeeeee! Yo aplico los cálculos correctos y el resultado suele ser, unas veces, repugnante, otras, directamente venenoso.
Vamos, que prefiero, ya que me molesto en cocinar, que lo que guiso esté bueno, aunque me pase once o doce meses comiéndome los restos, en vez de tirarlo a la basura después de haberme tirado cuatro mil días preparándolo.
Todo este rollo es para deciros que, al final, con la carne que había sobrado del cocido, me dio para echarle un litro de leche a la bechamel y, a consecuencia de ello, todo se desmadró. Al principio no fui consciente de ello, mientras miraba cómo cocía en la cacerola (mi amiga Belén definió el sonido de la bechamel al cocer como "bulúnglues", a mí sólo me suena "chof chof potochof"); luego, cuando lo rectificaba de sal, me deleitaba en lo buena que estaba y, al verterla en la fuente, la ilusión de rechupetear la cuchara de madera y lamer la cacerola me impidió percatarme de la enormidad que tenía entre las manos.
Pero, ay, amigo, cuando fui el sábado a preparar las croquetas, entonces fue ello. Me salieron nada menos que ¡cincuenta! ¿Dónde coño voy yo con cincuenta croquetas? Pues ahí está: aperitivo el dmoingo, cena el domingo, cena el lunes... Para mediados de la semana que viene puede que me vea liberada de la maldición del reciclaje culinario.
Porque eso es lo que son las croquetas. O, al menos, eso era antiguamente: todos los restos de la cocina volvían al día siguiente convertidos en estos rollizos bartolillos. Bueno, todos no, nunca vi nadie que las preparara con sopa, con paella o con lentejas, por citar sólo tres ejemplos.
Ahora, si vas a una tienda de gourmets o como se escriba, las tienes de sabores exóticos, pero las de casa no tienen variedad: pollo, jamón, cocido y bacalao. Lo demás son pijadas. Pijadas muy ricas, por cierto.
Mientras consigo que mi fuente se vacíe, entretengo mi mente en alegres jueguecillos, ya sabéis que no puedo estar parada ni un segundo. En esta ocasión la idea que se me ha metido en la cabeza tiene que ver con mi imposibilidad para hacer los cálculos correctos con las recetas. Pues, para demostraros que es mentira y que sé calcular perfectamente, ahí va esta absurda disquisición:
Punto uno: ¿Sería posible que una persona se comiera su propio peso en croquetas? Respuesta: No. Nadie sería capaz de reconocer lo que pesa y, mucho menos, hacer semejante bechamel sin disponer de la batería de cocina del ejército.
Punto dos: ¿Cuántas croquetas serían necesarias para cubrir la distancia de Madrid a Cuenca? Esto es más fácil. Según internet, de Madrid a Cuenca hay 167 kilómetros. Mis croquetas son oblongas, pero suelen medir todas en torno a dos centímetros y medio. Así que necesitaría en torno a seis millones, seiscientas ochenta mil croquetas. Tócate las narices, con que´me tiraré hasta el día del Juicio y sólo hice cincuenta, imaginad más de seis millones.
Pero bueno, esa no es la cuestión, el tema eran los cálculos y, de momento, van bien.
Punto tres: Si me salen unas cincuenta por cada fuente, significaría que tengo que preparar ciento treinta y tres mil seiscientas bandejas de bechamel, es decir, la misma cantidad de litros de leche. Creo que me apañaré con la cornisa cantábrica. Menos mal, sólo me faltaba tener que irme hasta Suiza para una cuestión tan tonta.
Punto cuatro: ¿Cuántos kilos de relleno me harían falta? Pues, si echo unos cuatrocientos gramos de cosillas picaditas, debería emplear cincuenta y tres mil cuatrocientos cuarenta kilos de carne de cocido, por ejemplo. Y unos cuarenta y cuatro mil quinientos treinta y tres (con período) huevos para empanar todo el amasijo, antes de que se dé cuenta y huya, que se han dado casos.
En fin, sin contar con la harina, calculo que, de llevar a cabo mi proyecto, necesitaría algo más de la vida media de un europeo, no sólo para preparar tamaña cantidad de croquetas, sino, ya puesta, para comérmelas, que me salen muy ricas.
Me pregunto si ese récord está registrado ya en el libro Guinness, en la sección "chorradas". Pero, la verdad, me importa un carajo. Creo que, sólo con hacer los cálculos, ya he engordado unos quince o veinte kilos, tengo harina detrás de las orejas, las gafas salpicadas de pan rallado frito y todo ello por querer aprovechar los restos del cocido.
Ya sé que mis consejos pueden pareceros estúpidos, pero debéis hacerme caso: nunca hagáis tamaño montón de croquetas, os llevará siglo y medio, os pondréis redondos, os quemaréis la lengua al lamer la cacerola, acabaréis regalándolas a los vecinos, amigos y parientes, que os odiarán por ello y al final, como siempre, esto será un estrés y un sinvivir.

lunes, 8 de octubre de 2012

Y no te olvides de lavarte las orejas... so cochiiiiino

Mi amigo Ignacio está tan acostumbrado a que nos pasemos todo el día dándole la brasa a través de las redes sociales (que si "¿cómo arreglo la junta de la trócola del ordenador?", que si "¿cómo se dice en húngaro no tirar papeles al suelo?", que si "¿cuál es la diferencia entre una meiga y una bruxa?") que ha tomado la costumbre de avisarnos cada vez que se levanta de la silla, para que no le petemos el muro. Por eso es frecuente ver mensajes suyos del estilo de "¡a la duchaaaaa!" y yo siempre le pongo debajo "¿te has lavado las orejaaaaaas?" o cualquier otra variante de esa frase.
Por supuesto, Ignacio siempre se lava bien las orejas... algo que, aparentemente, yo no sé hacer, si hay que atenerse a lo que me saco de ellas todas las mañanas. Sí, ya sé, me diréis que por qué os cuento algo tan asqueroso, pero es que creo que no prestamos suficiente atención a nuestros enormes (en mi caso) apéndices auriculares.
... Y los que somos de natural gafoso no sólo necsitamos de ellas para oír, colocarnos pendientes (que ahora, no sé por qué, se llaman piercings) o acumular porquería: también nos hacen falta para sujetar las patillas. En fin, que si no te las restriegas hasta dejarlas relucientes tooooodos los días, puedes acabar siendo mucho más miope, algo que no os recomiendo, sobre todo ahora que ha subido el IVA.
Pero dejando de lado la estética (falta de ella, porque hay cada horterada por ahí que lo flipas) y el mantenimiento de nuestra capacidad visual ¿cuál es la verdadera función de las orejas?
Se supone que alguien realmente mueso, como los corderos, o incluso un zorrón desorejado, puede oír tan bien como el que parece, como decíamos de pequeños "un seiscientos con las puertas abiertas". Los egipcios se las cortaban a los esclavos y ellos seguían enterándose de lo que les mandaba el faraón (y pobres de ellos si no lo hacían). En fin, que su misión es, más bien, como lo de forrar las bolitas de la antena interior con papel de plata, cuando la tele era analógica, facilitar la recepción, pero sin exageraciones.
Pues qué bien. Dicen que la naturaleza es sabia y que la evolución tiende a optimizar los recursos de que dispone una especie y así garantizarle el éxito biológico, pero las teorías darwinianas se estrellan con las orejas. No valen casi para nada (bueno, salvo que seas un elefante y las necesites para refrescarte la sangre agitándolas, pero excepto un par de genios, entre los que se encuentra mi cuñado, no conozco a nadie que las mueva demasiado).
Además, son horrendas. Feas, inútiles y, para rematar, completamente ignoradas.
Dicen de las mujeres que siempre nos estamos quejando de nuestro pelo y de lo gordas que estamos; que las adolescentes se preocupan casi exclusivamente de sus tetas; que los culturistas prestan atención a cada músculo de su organismo. ¿Alguna vez habéis visto a alguien que hable del cuidado de las orejas? ¿Alguna persona que se las haya asegurado por una cantidad millonaria, como hacen los futbolistas con sus piernas? Nada de nada. Sólo nos acordamos de ellas cuando vemos algún viejo orejudo y nos da la risa... hasta que pensamos que, en unos años, estaremos exactamente igual. Entonces, ya no tiene tanta gracia.
Pero descuidarlas puede convertirse en un infierno, os lo aseguro. ¿Quién no ha oído alguna historia sobre aquellos fríos polares que, según nos cuentan, había antaño y ahora no? Pues entonces, a nuestros ancestros, se les llenaban las orejas de sabañones y creo que pican un montón.
¿Qué más? Vosotros probad a pasaros el dedo por detrás, cuando os quitáis las gafas por la noche. En más de una ocasión, pese a vuestros intentos higiénicos, habréis sacado pelusillas.
¿Y qué decir de quienes, como yo, se colocan un mechoncillo de pelo, en plan coqueto? Coged un espejo y miraos el cogote después de haberos puesto mechas, ya veréis como están todas rojas.
Aún puedo contar más desgracias. Por ejemplo, los que tenemos el lóbulo pegado (según uno que conozco, es porque somos ochomesinos), tenemos que rascar ahí a base de bien, porque luego suda y huele mal.
En fin, que por todas estas razones y otras muchas, dedico un buen rato todos los días a poner las mías en orden y por eso se lo recuerdo a Ignacio...
Todo inútil... En el último reconocimiento médico, cuando me hicieron la audiometría, además de decirme que estoy más bien teniente, también me comunicaron que tenía un tapón en el oído izquierdo. Tócate las narices ¿y mi meticulosa limpieza? ¿Para qué demonios ha servido?
El resultado, mogollón de días echándome una sustancia repugnante que dicen es "agua de mar" (cacamer, o algo así, se llama), con lo desagradable que es que te entre agua en el oído, que te pasas el día dando saltitos, a ver si sale, oyendo crujidos todo el rato y luego, cuando estás en la cama, un chorro asquerosamente tibio sale y te pringa la almohada.
Le preguntas al médico y te dice que no uses bastoncillos, porque empujan la cera para dentro y te forman tapones todavía más gordos, que sólo los utilices para limpiar el pabellón. ¿Qué pabellón, hombre, que parece que están hablando de un polideportivo, no de una superficie de diez centímetros cuadrados?
... Con el problema añadido de cómo demonios reciclas luego los bastoncillos. Que según Adela tienes que separar el palito, por un lado, a la bolsa amarilla; el algodón, a los residuos biológicos.
Vamos, que seguro que no habíais pensado nunca en la cantidad de problemas que ocasionan las orejas: te salen sabañones, cogen pelusilla, se te tiñen de rojo, huelen mal, se te forman tapones, se te llenan de agua de mar, arruinas las campañas municipales de reciclajes por no separar los residuos convenientemente y, al final, tienes que aguantar que un otorrino prepotente te llame gorrina... Todo por poder llevar las gafas bien colocadas.
Hacedme caso: si veis bien, dad gracias al cielo, al hado o al hada. De lo contrario, pasad a las lentillas o probad la cirugía láser...
... Porque mantener las orejas limpias no es un acto cotidiano, sino un estrés y un sinvivir.