Páginas vistas en total

martes, 5 de noviembre de 2013

¿De sabios es rectificar?

Dice mi hermanito Fernando que detecta en mí comportamientos "ligeramente", por decirlo así, ambivalentes. Y es que, después de haber despotricado por activa y por pasiva contra los teléfonos inteligentes, las aplicaciones multitudinarias y unas cuantas aberraciones electrónicas más, él se había creído que iba a machacar mi nuevo "paratejo" a martillazos e iba a recuperar la tradición epistolar que tan buenos ratos me hizo pasar con mi gran amiga Belén en nuestra no muy lejana adolescencia... Y se encuentra, en cambio, con que todas las mañanas le peto el guas con mis mugidos y mis chorradas.
Yo no sé qué es lo que le llama más la atención, que me haya convertido en una adicta al guasáp con tan celérica presteza, que le dé a él la tabarra o que lo haga a las siete de la mañana, que el pobre está todavía medio zombi y yo llevo ya, en cambio, medio mundo recorrido.
Porque hay que reconocerle a la red social de las narices que me permite explotar mi potencial vacuno hasta límites insospechados.
Lo primero fue que empecé a mandar a todo el mundo mensajes de saludo y ¿qué otra cosa iba a poner, sino "Muuuuuuu!"(así, con un sólo signo de admiración, todavía no he encontrado el inicial, snif)? Al fin y al cabo es lo que suelo hacer de viva voz o utilizando mi inseparable vaquita de plástico.
El teclado predictivo, que una no sabe bien si es una gran ayuda o una mierda, ha tomado nota y cada vez que lo activo para mandar un mensaje, la primera palabra que me muestra es esa, Muuuuuuuuuuu! Con gran desesperación, por cierto, de Calimero y de algún otro que encuentran unos trescientos de mis mugiditos cada día en el grupo de la peña. Bueno y qué, otros repiten la misma foto del Fary, no soy la única con fijaciones.
Pero esto no era suficiente para mi afán insaciable y aquí es donde entra en escena otra gran amiga, Gusanita, quien me enseñó dónde estaba el emoticono de la vaca (y la letra eñe, gracias, guapa), un precioso y bonachón ejemplar que muestra su amable carita entre otros bichos menos felices (gusanos, abejas asesinas, pulpos de aviesa mirada...). ¡Qué gran descubrimiento! Simplemente pones el dedo encima y una hilera bovina aparece en tu pantalla. ¡Gran forma de enfatizar tus mensajes!
Y ahí no acaba la cosa, el guas de marras ¡permite hacer el panoli con archivos de sonido! Genial y digna de mención la inestimable colaboración de mi querido sobrino Miguel, que me mandó un par de archivos "semugientes", si es que puede crearse un adjetivo así (de acuerdo con la gramática latina debería ser correcto, algo que muge por sí mismo, qué guay).
Más Ignacio, eterna y desinteresada ayuda para todo lo que tiene que ver con informática, que me enseñó a grabar e insertar mis propios muuuuuuus. Otra vez Fernando sufriendo con paciencia mis tontunas. Creo que eran las seis de la mañana de un domingo o algo así, cuando le mandé el primero... Pero es que yo había tenido una noche muy mala... o muy buena, depende de cómo se mire.
Después llegaron las actualizaciones y una mañana, cuando abría la aplicación, me encontré un dibujito de un micrófono abajo, a la derecha... Fantástico para cuando quieres mandar un mensaje largo y sigues sin apañarte con esa birria de teclado. Pero yo, lógicamente, lo utilicé para mugir a Susana, que es una chica muy agradecida y se parte de risa con estas estupideces.
De ahí a grabar mi propia vaca de plástico, que tiene un tono más grave que mi aterciopelada voz de soprano sólo restaba un paso que no tardé en dar. Ahora ya sólo tengo que reenviar una y otra vez el mismo mensaje, por si no queda claro el grafismo o el icono. Vamos, que muuuuuuuuuuuu en todas las formas habidas y por haber.
Fue cuando decidí cambiar mi foto del perfil (hasta entonces una oveja bebiéndose una Guinness) por unas alegres vaquitas con cara de estar mirando pasar el tren. Ahora que, como la foto es tan chiquitita, sólo se ve una. Qué se le va a hacer.
Hartos ya mis colegas de tan variadas versiones de lo mismo, me llaman plasta (lo comprendo, que conste) e incluso me preguntan qué demonios quiero decir con tanto mugido. ¿Que alguien propone organizar una fiesta? Yo contesto "Muuuuuuuuuuu!" y se quedan sin saber si estoy de acuerdo o no, si voy a participar, si me he enterado o si tengo, realmente, algo interesante que decir. ¿Que otro me manda algún guas que me hace mucha gracia? Pues yo, en vez del icono del que llora de risa o el siempre sosito mensaje "jaja", envío una hilera de vaquitas felices. ¿Que uno o varios terceros me comenta lo hasta las narices que está de algo? Y yo envío mi archivo sonoro. Que hasta mi jefe, cuando me manda algo que sabe que es un marrón, me dice que muja lo que quiera, pero que lo haga.
Porque sólo Paloma, gran mujer, ha comprendido la profundidad que encierra un buen mugido y la cantidad de matices y significados que tiene, con sólo variar el tono, el número de úes o las veces que le doy la vuelta al bote.
En fin, que si los servicios secretos estadounidenses han realizado labores de espionaje en mi entorno, lo mismo piensan que me comunico mediante mensajes encriptados y el día menos pensado me encuentro dos marines en la puerta. Bueno, si son guapos...
Como hasta las gilipolleces más gordas pueden crear escuela, veo con satisfacción cómo algunos de mis antaño detractores se incorporan tímidamente al carro de las vacas, como Mamen, cuando mandó una foto del encierro de Guada y puso debajo "va por ti, muuuuuuuuuuu" y sus compañeros le preguntaron si estaba borracha (¿Cuántas veces habré tenido que escuchar esa pregunta? ¿Esperan respuesta?). Seguid, chicos, pronto convertiremos nuestro grupo de guas en un corral.
Vamos, que con todo este rollo habréis comprendido que me he hecho una experta en esto del guasap, a pesar de estar al borde del suicidio el día que me lo descargué. Y lo que es peor, dedico mucho tiempo libre a idear formas de volcar nuevos mugidos en red, con gran desesperación de algunos, aunque ya hay quien, por no dar su brazo a torcer, sustituye mi onomatopeya por cierta deliciosa marca de cerveza y sólo cito un ejemplo.
Creo que es a todo esto a lo que se refiere Fernando, que se come con patatas todas mis incursiones bovinas, cuando habla de mis palabras y comportamientos contradictorios (¿por qué seremos los Géminis tan incomprendidos?). Y posiblemente espere en este, mi blog y el vuestro, una pública retractación de mis anteriores críticas, de ahí el título de la entrada...
... Pues no, leches, me ratifico en lo que decía. Los teléfonos inteligentes son un asco (y chupan batería como algunos que yo me sé los cubatas) y el guas es un locura que te tiene todo el día pendiente de si has recibido o no nuevos mugidos y planeando formas más creativas y eficaces de difundir los tuyos, debe ser eso que, en entornos internacionales, llaman "information governance". Y menos mal que se le puede quitar el sonido, porque recibo una media de veinticinco mensajitos diarios de muy diversa procedencia.
Lo digo, redigo y requetedigo, aunque sea muy divertido, esto del guasáp es un estrés y un sinvivir.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un basilisco en las tuberías

¿Recordáis la segunda novela de Harry Potter, "La cámara secreta", donde un basilisco malvado y pringoso recorría Hogwarts utilizando las cañerías como autopistas y petrificaba a todo el que se le ponía por delante? Pues bien, tengo sospechas bien fundadas de que una de sus crías, o tal vez un primo suyo, se ha escondido en las bajantes de mi casa.
... O tal vez sea el que criaron los protagonistas del divertidísimo libro de Manuela Jiménez, que se escapó de la jaula antes de tiempo y por eso no consiguieron obtener la piedra filosofal. Que se fastidien.
Una lástima, porque dejarte los cuernos para conseguir una pintura de oro con la que decorar los frescos de una iglesia y encontrarte con que, al final, todo es una mierda y el mural se te cae a cachos tiene que sentar bastante mal... Casi tanto como encontrarte, año tras año, con que tienen que abrirte las paredes porque el bicho de marras araña los tubos con las patas, o los muerde, o lo que sea y las llena de agujeritos.
Y es que, por mucho que J.K. Rowling se empeñe, el sistema de conducción de aguas no es hogar para un pobre bichito mitológico incomprendido. Muy estrecho, huele mal y para mí, humilde usuaria del sistema, es una gaita.
En serio ¿vosotros os imagináis teniendo que vivir en un tubo estrecho, donde no puedes estirar los brazos, llenándote las narices con las repugnantes excrecencias de toda una comunidad de vecinos? No me extraña que esté deseando asomarse por la taza del váter para cargarse, con la mirada, a cualquier incauto que tenga el descaro de mearle encima, o algo peor.
Bueno, a lo que iba. Resulta que el basilisco lleva varios años dando por saco en la casa y como insistimos en llamar al fontanero en vez de Harry Potter, pues él se limita a localizar el daño - maomeno -, llamar a su primo el albañil, pegarle zambombazos a la pared hasta abrir un boquete y hacer la ñapa pertinente o cambiar el tramo de tubo y hasta la próxima... que suele ser a los pocos meses.
Mientras, la mítica serpiente de las narices, se limita a subir un poco más arriba y a seguir dejando lindos huequecillos como testimonio de su paso, por los que, al cabo de un tiempo, vuelve a colarse el agua y a dejar otra fermosísima gotera en otro lado... o en el mismo, porque el tío es caprichoso y no se puede predecir por dónde va a ir... Por eso, cuando limpio el baño, siempre me imagino que me voy a encontrar, flotando en el agua, unos ojos amarillos y que eso será lo último que vea, motivo por el que siempre acabo la limpieza a toda velocidad y ligeramente acogotada. Así que ya sabéis, si me veis salir del váter con cara de susto no será por lo que me haya encontrado dentro de la taza (que, al fin y al cabo, siempre viene a ser, más o menos, lo mismo) sino a lo que temo que aparezca algún día.
Y la cosa, cuando la cuentas, tiene hasta su gracia, pero cuando la vives es una puñeta frita, os lo aseguro.
Primero, encontrarte reiteradamente con que tu pared, o tu techo, o tu rodapiés, están llenos de pringue, da una rabia horrorosa y significa que: a. se te ha vuelto a joder la pintura, con lo que te costó encontrar ese tono melocotón - o rosa chicle, amarillo canario, verde fluorescente o lo que os hubiera apetecido en su momento -; b. el suelo se te va a llenar del polvillo de la susodicha pintura y lo vas a arrastrar con los zapatos por mucho que pases el mocho; c. la casa te va a oler como una cuadra durante un temporada; d. vas a tener que aguantar ahí a un tío dando con un martillo a la pared, levantando más polvo, abriéndole otra ruta más de entrada al basilisco - y a las cucarachas, ag - porque, por supuesto, aunque el tío te jura, por las cenizas de su fogón que hace el agujero, repara lo que sea y sin dilación te cierra, luego siempre pasa que, una vez hecho el arreglo, el albañil está en Aybendito de la Vera o cualquier otro sitio lejano, no encuentra ladrillos del tamaño adecuado en la ladrillería de guardia que hay a la vuelta de toda esquina que se precie y ahí se queda la boca del infierno, indefectiblemente con un fin de semana entre medias, mientras tú montas guardia con una linterna - para las cucarachas -, una estaca y un espejo - para el basilisco - durante días y días.
Segundo, tener que cambiar un par de veces al año el color de las paredes puede acabar generando daltonismo. En enero es verde, en abril, burdeos, en octubre, blanco roto y tú nunca estás satisfecha, hasta que, si encuentras el tono adecuado, naranja butano, por ejemplo, llega la siguiente mancha y el tono ya no están en catálogo y vuelta a empezar.
Tercero, te viene el administrador con la milonga de que el vecino de abajo está inundado y que hay que abrir a la de ya... justo cuando tú tienes un lío de pelotas en el trabajo y no puedes ponerte de acuerdo con la troupe de fontaneros, albañiles y pintores y encima parece que la culpa es tuya. Que yo me pregunto ¿por nunca son conscientes de que yo, que tengo que sufrir los ruidos del derribo, tener abierta una puerta al inframundo - con el riesgo para mi alma inmortal que eso conlleva -, sufrir una y otra vez los repintes, que las paredes son ya metro y medio más gordas que hace diez años, todo ello sin que la avería sea cosa mía, soy tan víctima como el que, al fin y al cabo, sólo necesita una pasadita de rodillo por el techo, que normalmente suele ser blanco? Y siempre me miran con cara de "¿y a mí que me cuentas?" y no contestan a mi pregunta. Snif.
De verdad, espero que me pille el basilisco de una maldita vez. Así, cuando vuelvan la próxima ocasión con la misma historia y entren en casa, ahí estaré yo, petrificada y, por lo menos, no oiré sus tonterías. Sólo espero que me dé tiempo a componer una peineta con una mano, por si no está lo suficientemente claro lo harta que estoy.
Claro que, a lo mejor, con tanta obra, el monstruito acabe por sentirse incómodo y se largue a la casa vecina, a darle el coñazo a otra incauta como yo. Os aseguro que estoy tan harta que no me sentiría culpable, ni nada, si el problema le cae a otra persona. A lo mejor a mí me lo pasó el del portal de al lado. No sé, tengo que preguntarle, pero no sé cómo entrarle sin que piense que estoy loca.
Y aquí estoy, viendo cómo puedo faltar un día al curro y elevando silenciosas plegarias a varios santos para que el agujero esté en un lugar accesible, para que no tengan que abrir del suelo al techo (¿Por qué no fabrican las tuberías de algún material indestructible, como el titanio?), configurando en mi cabeza absurdas combinaciones cromáticas imposibles y rabiando porque el de abajo no hace más que meter prisa. Pestes.
Malditos sean el basilisco, la Cámara de los Secretos, la piedra filosofal y su abuela en bicicleta. Resolver el problema de las humedades domésticas es, sin ningún género de dudas, un estrés y un sinvivir.

miércoles, 17 de julio de 2013

¡¡Guásaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!

Estaréis diciendo que dónde demonios me he metido, tantos siglos bisiestos sin colgar ninguna de mis habituales perlas en éste, mi blog y el vuestro, pero ya podéis estar tranquilos, que vuelvo con fuerzas renovadas tras superar uno de mis habituales períodos de memez alelada...
Y que conste que pensaba, hasta hace un ratito, que ya no iba a ser capaz de volver a escribir más estupideces, convencida de que las pocas neuronas que me quedaban, habían fallecido tras una repentina granizada de mensajes instantáneos...
Porque un montón de almas bienintencionadas de mi entorno llevaban siglo y medio dándome la tabarra para que me pusiera el guasáp de las narices, alegando razones de peso, claro que sí, que no lo niego: mis primos Isra y Cris, por ejemplo, porque dicen que, ya que no veo a sus niños en persona, así puedo babear convenientemente ante su lindísimas caritas, en vez de andar siempre poniéndoles la cabeza como un bombo con lo de "mandadme fotos de los peques, porras, que no los voy a conocer cuando los vea"; que coges el teléfono, capturas la instantánea más "tienna" que se te ocurra, la enchufas en el guasáp y hala, en cero coma puedes ponerte ahí a pellizcar la pantalla, que queda tan "in", para ver si los pitufillos han sacado alguno de esos rasgos familiares de los que nos sentimos tan orgullosos.
Otro ejemplo, mi amiga Susana, que afirma (con razón), que para qué andar pagando por tropecientos mensajes de texto, cuando la puñeta ésta sale gratis (o casi)... O mis amigos de la peña, que utilizan este canal para avisar de festejos y merendolas varias de las que yo, habitualmente, no me entero hasta el último momento, y no porque esté en la higuera (que también es cierto), sino por no disponer de herramienta tan hípermegaguays.
Y luego están las almas caritativas, como mi cuña, siempre deseosas de mandarte vídeos para tu solaz y entretenimiento...
A todo esto yo, negándome en redondo a tamaña herejía, alegando razones de tanto o más peso para negarme: que si acabas histérica de todo el día sonando pitiditos (me vuelven tarumba los de los amigos, para que no me desquicien los que emite mi propio teléfono); que si hay mecanismos mucho más cómodos para intercambiar mensajes (tomarte un café con alguien, por ejemplo), que si el guasáp será gratis, pero los móviles y las tarifas que te permiten tenerlo son de todo menos baratas; que si las fotos me las pueden mandar perfectamente por correo electrónico, como llevan haciendo años con gran éxito o, a unas malas, el siempre efectivo "que noooooo, coño".
Pero entonces llega el día decisivo, cuando se te muere el móvil, no se sabe muy bien si por esa porquería que dieron en llamar la obsolescencia programada o porque, sencillamente, le has metido un tole que raro es que siga funcionando, tras haber sobrevivido a cuatrocientos mil millones de minutos de charlas estúpidas, borrados y reborrados de los contactos, cambios múltiples del fondo de pantalla, cargas y recargas en momentos intempestivos, mojaduras varias (hasta en el cubo de fregar se me ha caído a mí el mío)... En fin, las habituales torturas a que sometemos a nuestros odiosos teléfonos. Porque encima, ya lo sabéis, yo detesto hablar por teléfono...
Bueno, pues eso es lo que sucedió. Que mi pobre trastejo falleció el otro día y tuve que salir a comprarme uno. Y resulta que ya no hay manera de conseguir por los puntos un trasto que sólo sirva para llamar, recibir y mandar mensajes de texto. Guardad los que conserváis como oro en paño, que son vestigios de un mundo que, lamentablemente, ha llegado a su fin (snif).
Total, que me planto en la tienda, miro, remiro, requetemiro y lanzando un suspiro que a mí, por lo menos, me habría partido el alma y me habría impulsado, de ser la vendedora, a buscar en el fondo del almacén, por si todavía quedaba por allí algún modelo prehistórico y poder seguir con mi ignorante vida, asumí la cruda realidad: había llegado el momento del esmarfone.
Siete siglos bisiestos para elegir algo que no me saliera por un pastizal, que no fuera tan enorme que, si alguien me ve por la calle hablando, por ejemplo, con mis mencionados primos, piense que le estoy hablando a un portafolios, me decido, por fin, por un artilugio que a mí, a simple vista, me pareció bastante mono e inofensivo y que ha resultado ser un artefacto surgido de las profundidades del Averno. Otros siete siglos para cambiar la tarifa porque, para qué narices quieres un cacharro con internet si no tienes internet... en fin, esas menudencias que me ponen la cabeza como una olla de grillos a mí y a cualquiera, no os pongáis ahora místicos...
Llego a casa con mi paquetito, me pongo a configurarlo... y ahí fue Troya. Primero, que me encuentro con que la batería tiene sólo como siete segundos de carga y luego me toca, para "sacarle el máximo rendimiento" hacer una carga de cuatro mil horas, lo que convierte mi flamante móvil en un fijo, que el cable del cargador es muy cortito durante unos cuantos días porque, ya de paso, todo el golpe de aplicaciones fermosísimas, pantalla retroiluminada y vete tú a saber qué más, consume la carga en dos segundos. Pues qué bien, hombre.
Después, intenta averiguar qué cuernos ha pasado con tus contactos, que estaban tan monos en el otro teléfono, los pasaste todos a la sim para no tener que teclearlos a manubrio, que es un tostón y ahora, al mirarlos, parece que están escritos en chino, porque todas las monaditas del teléfono anterior no son "interoperables" con el nuevo, así que donde tenías una foto, ahora aparece una especie de mensaje críptico, los que tienen más de ocho caracteres han quedado cortados y como, encima, en el otro teléfono tenías que meterlos por apellidos, ahora te aparecen siete "Fernández J", por ejemplo, y no sabes quién es Javi, quién Jose, quien Juanjo y tienes que andar llamando como las viejas, que te sienta tan mal cuando descuelgas y te dicen "¿quién eres?" y tú contestas "y ¿quién eres tú?".
Y ojalá fuera eso todo, pero todavía más desgracias se ciernen sobre ti. A ver ¿a quién se le ocurrió que, para descolgar una llamada, tienes que deslizar el dedito sobre el icono a lo largo de la pantalla, como si estuvieras rebañando la fuente del chocolate fondant? Cuatro llamadas he perdido hoy, hasta que una compañera, partiéndose el bolo, me ha hecho partícipe de esta nueva tontuna de los teléfonos.
Y ¿cómo llamas? Porque yo, todavía, uso el teléfono, preferentemente, para llamar y ahora, con todos estos avances "tesnológicos" resulta que ¡¡no sé!! Porque claro, otra de las gracias es que, como el móvil tiene internet, ya no te dan manual de instrucciones, sólo una birria de folleto que, inmediatamente perdí y el resto se supone que te lo descargas de la red y tan ricamente. Pero, hacedme caso, sigue sin valer para nada. Las preguntas que tú te haces nunca están en ese apartado que ahora llaman FAQ. Te tienes que ir a una de esas páginas donde los torpes como yo preguntamos las obviedades que todo el mundo sabe menos nosotros, para que algún friki bienintencionado te las responda con los gráficos pertinentes de pantallas que, aunque aseguran que son las de tu mismo modelo, nunca se corresponden con la tuya (más snif).
Y llegas ya a la prueba de fuego: hala, descárgate el guasáp, si es que tienes huevos. Y tú ahí, con tus ya mermados sentidos puestos en la pantallita, que está ya roñosa de tanto pasarle el dedo, intentando bajarte la aplicación y ella, terca, insistiendo en no hacerlo... hasta que, por fin, se compadece de ti y te hace caso... hasta tres veces, que se te pone el mismo icono por doquier y tienes que llamar a tu hermana para que te cuente cómo los quitas.
Crees que ya está todo resuelto... Pero no, qué vaaaa, ahora viene lo peor. Lo primero, que todos los contactos que tienes en tu tarjeta se han apuntado al carro de las nuevas tecnologías antes que tú y ahora resulta que un montón de números de teléfono que nunca pensaste almacenar (el taxista al que tuviste que llamar intempestivamente, el pintor que le dejó niquelado el salón a tu abuela, la frutera, diecisiete conocidos del trabajo con los que tuviste que quedar...) todos tienen el dichoso guasáp y ahora resulta que te aparecen en la lista, como lo más normal del mundo. Y no los puedes borrar, porque no tienes las instrucciones y en las que encuentras, no lo pone, así que tienes que volver a hacer la pregunta pertinente en la página de "popavo, soy lela y no sé apañarme con este trasto", para enterarte de cómo demonios te quitas de encima esos contactos no deseados, antes de mandar un mensaje del tipo "olaquease" y ponerte en evidencia en diversos foros internacionales.
Pero, sin lugar a dudas, lo más horrible de todo es cuando ya lo consigues... Una oleada de silbiditos, que resultan ser "guasáps" de todos tus colegas, que parece que estaban esperando, al acecho, para saludarte, te hacen pegar brincos por todo el salón y salir corriendo cada dos segundos a ver quién te llama, porque sigues teniendo el trasto enchufado para que se cargue. ¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!! ¡¡No puedo soportarloooooooooooooooooooooooo!! ¿Es que esta gente no lee?
Y la que no lee eres tú, porque es todo tan canijo que no se ve un pepino y, para colmo, cuando intentas contestar no te salen más que incoherencias, porque el teclado es apto para la mano de un playmobil, pero no para tus dedos gordos como morcillas. Ni dándole la vuelta a la pantalla, para que se ponga apaisada, consigues teclear una "e" decente, siempre te sale una "w". ¡Y no hay eñes! ¿Esto es progreso? Y venga a pitar (piripi piripi piripi) para que, cuando consigues abrir uno de los mensajes, te encuentres con que es el vídeo de una gallina bailando, que yo creía que me iba a picotear en los cien mil iconos que, por arte de magia, han aparecido en la maldita pantalla y al final la gallina va a terminar jugando a "plantas contra zombies", un extraño jueguecillo que, aparentemente, te puedes descargar también por módico precio. Una mieeeeeeeeeeeeeeeeeeeerda.
Ahora es más de media noche y estoy mirando el teléfono de reojo mientras escribo esto. Lleva ya casi una hora en silencio... Porque le he quitado el sonido, no vayáis a creer. Seguro que, cuando mañana lo desenchufe, una vez terminada la carga de once mil horas, encontraré cuatrocientos mensajes esperando respuesta y, como se me ocurra contestarlos, otra oleada llegará a continuación, que hay por ahí gente muy ociosa, esperando cualquier ocasión para pegarte un susto con la tortura del guasáp.
Hacedme caso, no caigáis en la trampa, seguid comunicándoos con vuestros amigos a través de cartas, preferentemente escritas a pluma y entregadas en mano por mensajeros a caballo. Viviréis mucho más tranquilos, porque esto del guasáp es un estrés y un sinvivir.

martes, 7 de mayo de 2013

La ¿primaquéeeeeeeeeeeeeee?

Ya nos hemos metido en mayo y parece que esa cosa, mitad cursilería de poetas y mitad leyenda urbana que dan en llamar primavera, ha llegado, por fin, a nuestras grises vidas.
Yo ya llevaba un tiempo sospechándolo, más que nada porque a los de la meteo de la tele les faltó tiempo para contárnoslo el día que al eje de la tierra le dio por hacer algo así como "uuuuupa" y al sol algo así como "haaaaaaala", porque una mañana de marzo, cuando me iba a trabajar a esa hora indecente en que me da a mí por salir a la calle, me encontré con que el amasijo retorcido que hay cerca de la puerta le había dado por llenarse de hojitas y el aire, en vez de oler a demonios, como viene siendo habitual, tenía un tufillo verde...
Pero, como todos los años, esa era la de mosqueo. Mis alegres pensamientos de "oh, qué alegría, qué emoción, que viene ya la primavera" se vieron interrumpidos por la consabida masa de aire siberiano, que yo creo es siempre la misma, agazapada ahí, en la esquina, esperando a que te despistes para congelarte el culo, como el año pasado y el anterior y el otro... hasta que, como decían los documentos medievales, "memoria de hombres non haya".
Y todo el mundo con las sillas llenas de ropa, porque no sabes si quitarte el polar y sacar la chaquetilla o volver a ponerte la boina y las polainas. Porque, vamos a ver, eso que llamamos "la ropa de entretiempo" ¿qué cojones es? Pues nada más que todas las cosas que nunca sabes cuándo ponerte. Si te las embutes un día de mucho frío, pasarás calor; si las llevas cuando la temperatura no está mal, te pelas de frío; si haces con todo ello un rebuño y lo metes debajo de la cama, se te llenan de pelusas... Y ya, si un día reúne las condiciones climatológicas exactas para darle el uso que se merece, no te la querrás poner, porque seguro que es horrible de fea (snif).
Luego llega el día que parece que el sol decide ganarle la partida a los vientos polares y te pones tan contenta... hasta que una voz sabia, da igual que sea el vecino, tu madre, un compañero de trabajo, tu maromo o los coleguitas, siempre hay alguien que te dice "no, si todavía tiene que pegar el rabotazo". Y lo pega, claro está.
Vamos, que te toca volver al plumas, el jersey gordo y las botas y el gorro, si me apuras, porque si intentas ir con la vestimenta que el calendario te dice que correspondería, se te hielan las orejas y se te caen las gafas al suelo, que es mi mayor preocupación.
... Eso a las siete de la mañana, que estás a tres grados. Pero cuando sales a comer ¡resulta que el termómetro marca 23! Y tú ahí, con tu golpe de jersey, botarracas y anorak, sudando como un gorrino, que luego, por la noche, lloriqueas la famosa frase de "y yo ¿cuándo me acatarré?". Pregunta ociosa porque lo sabes perfectamente, cuando acabaste en camiseta porque te torrabas y luego, al volver a casa, volvías a tener nueve grados.
Pero la cosa no acaba ahí, que también está el agua... o la falta de ella, que tampoco nos ponemos de acuerdo. Un par de años te los pasas diciendo que últimamente no llueve nada y otros que no para de caer, depende del ciclo que toque. Este año, por ejemplo, era de agua y hala, a comentar en el ascensor que cuántos años hacía que no llovía tanto y que menuda les espera a los alérgicos. Al que viene tocará que qué barbaridad, no ha caído ni una gota y está todo tan seco que menuda les espera a los alérgicos. Los alérgicos siempre se joden. Su única ventaja, que pueden llevar la voz cantante en estas conversaciones tan aburridas y tan previsibles. Menos mal que no trabajas en el piso 83, menuda cháchara te iba a tocar aguantar.
En fin, como siempre, una mañana te miras en el espejo para lavarte los piños y te das cuenta de que llevas manga corta. ¡Anda, si va a tener razón Machado! Y ese día vas en el autobús pensando, como siempre, que mira tú si don Antonio escribió cosas geniales (con lo de los días azules me valía), pero todo el mundo se acuerda del pareado cursi de la primavera. Ahí, el hombre, estrujándose los sesos con Alvar González y los cabrones de sus hijos para esto.
Entonces miras por la ventanilla y crees que tus ojos te engañan... Pero ¡si está nevando! ¡Ah, no, si son pelotillas de polen! ¡Qué susto!
... O tu primo Javier pone en el face sus fotos esquiando... ¡Hala, cuanto polen hay en la Pinilla! Uy, qué va, si eso sí es nieve...
¿En qué quedamos? ¿Ventoso? ¿Lluvioso? ¿Florido? ¿Hermoso? ¿Asqueroso? ¡Atchuáaaaaaaaaaa! ¿Ropa de invierno? ¿De verano? ¿De entretiempo? ¿La que elijas será la equivocada? ¡Exaaaaaaaaaaaacto! ¿Llevo el paraguas? ¿Para qué? Te dará exactamente igual, porque con el vendaval que se levante se te volverá del revés.
Desde luego, llamar a esto "la estación del amor" me parece un sarcasmo inconcebible. ¿Cómo vas a estar ahí con tu churri, sacándote el polen de las narices, soltando estruendosos estornudos y llenándole a tu amor la cara de perdigones? ¿Cómo va a consolidarse una relación bajo un paraguas que se te da la vuelta y echa a volar calle abajo, mientras tú lo persigues como una idiota y el otro se descojona? Así no hay pareja que dure...
Para que luego digan que en Madrid no hay primavera... Que esa es otra. Porque en dos patadas el termómetro se va a poner en 30, la solanera se convertirá en un espanto y tú vas a seguir con el respaldo de la silla lleno de chaquetas que no te has puesto y el día que empleas en sacar la ropa de verano es tiempo perdido... porque ¡no te vale nada! A lo mejor tampoco te valen las chaquetas de entretiempo, pero como no te las has puesto ni te has enterado.
Vamos, que con estas tonterías se han pasado tres meses en un suspiro... Y ya ha pasado casi medio año... Y la crisis sigue... Y esto es un estrés y un sinvivir.

martes, 26 de marzo de 2013

¿No será que tenemos las gafas sucias?

Esta mañana he vivido una escena que, no por cien veces repetida, es menos estresante: Las seis y media de la mañana y yo sin poder desayunar, no porque no haya comida en la nevera, que está petada (mi trabajo me costó el sábado, todavía arrastro el lumbago), sino porque no veia nada...
Ya sé que me diréis "pues haber encendido la luz, so panoli", pero lo más penoso es que estaba encendida. El problema era otro: no llevaba puestas las gafas. Y el segundo problema, mucho peor: sin ellas no veo un pimiento así que ¿cómo porras voy a encontrarlas?
Exactamente, pues a tientas. Así que, tanteando por aquí y por allá, les puse la mano encima (casi las espachurro), oh, felicidad. Por cierto, estaban en la tapa del váter. ¿Por qué demonios las pondría allí? Mejor no investigar.
Supongo que imaginaréis que, una vez encontradas mis fermosísimas amiguitas, he podido comerme felizmente un bocata. Bueno, si se puede hacer algo felizmente a las seis y media de la mañana... Y no seáis guarros por ahí, que eso queda para otra entrada. Pero noooo, qué vaaaaaaa. Lo único que he conseguido es el familiar peso en las orejas.
Pensando que podía estar sufriendo de un repentino caso de ceguera por vete tú a saber qué extraña razón, he tardado en comprender (y es que a esas horas está una bastante espesa) que no era ceguera, ni estaban fundidas las bombillas, ni nada parecido. La explicación era muchísimo más simple: mis queridos lupos estaban, como casi siempre, cubiertos por una espesa capa de detritus (snif).
Porque, lamentablemente, desde que mi amigo Hugo terminó el doctorado y se volvió a la Argentina, nadie se cuida de limpiarme las gafas... Ni siquiera yo misma.
Resulta que Hugo, que también usaba gafas, tenía una encantadora costumbre: limpiárselas con frecuencia. Y como nos pasábamos el día en la facultad y echábamos muchas horas juntos, cada vez que sacaba la gamucilla y restregaba las suyas, procedía, a continuación, a hacer lo propio con las mías. Eso son amigos.
En fin, que Hugo se marchó y se llevó con él la gamuza y mis buenas intenciones de seguir su ejemplo. Desde entonces varios pares de gafas han pasado por mi nariz y todos igualmente gorrinos. ¿Será, tal vez, por eso, por lo que siempre pienso que va a llover y luego ni está nublado, ni nada?
Entonces he recordado esa peli que se llamaba "Mi gran boda griega", donde el padre de la novia opinaba que toooodo en esta vida podría arreglarse con un buen chorro de limpiacristales y he pensado que eso podía ser la solución a mi problema.
Efectivamente, lo que se aprende en el cine. Con un par de pulverizadas (porque, tras la primera, se me ha ocurrido secar los cristales con la toalla y se han llenado de pelusillas y he tenido que repetir la operación) han desaparecido los salpicones de croquetas, el eterno polvillo del tóner de la impresora y esa mugrecilla que dicen que no hay en el aire madrileño porque es de primerísima calidad.
¡Qué barbaridad! ¡Si he comprobado que ya amanece más pronto! No me había dado cuenta...
Y no hay niebla en el trabajo, ni mis compañeros son grises. Esto es maravilloso.
Pensando pensando, se me ha ocurrido que, a lo mejor, la situación actual está tan fea porque tooodos, sin excepción, tenemos las gafas sucias y nos conviene echarles un chorrazo de limpiacristales.
¿Cómo se verá la prima de riesgo con los cristales limpios? Seguro que tan remonísima y sonriente. ¿Y las cifras del paro? Obviamente, de color de rosa. Los casos de corrupción ¿se verán reducidos a meros nubarroncillos? ¿Las declaraciones de los políticos? ¿Y qué decir de la Ley de Transparencia? Seguro que ya, de transparente, ni se ve ni nada...
De camino al curro he ido rumiando esa idea, la de ver el mundo con las gafas limpias para no añadirle más mierda de la que ya tiene. No sé yo...
Por si acaso, hoy no he visto las noticias, ni he leído el periódico, ni nada.
... Porque, la verdad, con las gafas limpias y sucias, lo que veo últimamente a mi alrededor es un estrés y un sinvivir.

jueves, 28 de febrero de 2013

La guerrera de la carretera

Recuerdo que cuando me compré mi humilde pelotilla (su nombre oficial es "er bisho") mandé un correo electrónico a mis amiguetes con un mensaje que decía algo parecido a "A partir de hoy hay un nuevo peligro en la carretera. Así que ya sabéis, si vais conduciendo y delante de vosotros un vehículo circula a dos por hora, seguramente es porque yo estaré delante de él, pisando huevos".
Por supuesto, era una broma. Aunque el malvado de mi hermano asegura que se me suben los caracoles por las ruedas, todo son infundios y calumnias de gente envidiosa que circula siempre por ahí como si tuviera que apagar varios fuegos...
Porque, con la mano en el corazón, ¿a qué demonios viene tanta prisa? ¿Realmente llegan antes todos estos impacientes que corren tanto? Yo, desde luego, opino que no. Y encima me ponen de los nervios... A mí y a todos los que intentamos llegar vivos a destino y que no nos caguen a multas.
Y como ya sabéis que me gusta poner ejemplos, ahí va una historieta:
Imaginad que tenéis que ir... ¡¡síiiiiiiiiiiiii!! ¡¡A Alcalá de Henares!! Ya estaréis pensando "qué poco original es esta tía, todos sus ejemplos tienen que ver con Alcalá de Henares". Pues os fastidiáis, que la historia la estoy contando yo, pues no faltaría más...
Seguimos, caminito de Alcalá, como no hay forma de viajar en mula, que es lo que a mí me gustaría realmente, pues hala, a coger el coche, encomendarse al San Cristobalón de cualquier catedral que os mole (siempre hay uno, así que elegid la vuestra) y a sumergirse en ese frenopático móvil que es la A2... sin anestesia ni nada.
Musitando jaculatorias (o canturreando tonterías, lo que más os apetezca) hay que incorporarse a ese río de impacientes malhumorados, que por la cara que ponen parece que en su lugar de destino les está esperando el dentista... o un chupacabras. No sé yo por qué tienen tanto interés en ir y tanta prisa. Y tú ahí, en medio, intentando salir de tu carril, que te gustaría que la bocina, en vez de "moooook", dijera "usté perdone, pero tengo que pasar yo también". Como si nada, ni los intermitentes para avisar, ni el carril, que se acaba parecen convencer a nadie para que te deje paso, ¿dónde ha ido a parar lo que decía el libro de la autoescuela de "la cooperación entre todos los automovilistas"? Pues al váter, probablemente, porque ahí no hay ni uno dispuesto a colaborar. Y los que van detrás de tí, mugiendo, como si fuera culpa tuya no poder salir. A veces pienso que algunos enfocan a la carretera con el tercer ojo... y no es el de los lamas tibetanos, precisalmente.
Cuando, por fin, consigues poner tus indignas ruedecillas en el lugar que les corresponde, empieza la desbandada y un puñado de coches que, digo yo, estarán huyendo de la justicia (o sus pilotos se harán caca, quien sabe) empiezan a pasarte por la derecha, pisando todo tipo de líneas continuas y quién sabe qué más... Para tener que pararse cuatro metros más adelante en ese monumental atasco conocido como "hora punta" y que debería llamarse "diecisiete horas puntas", porque no hay manera de encontrar la autovía en un estado decente. Fantástico, han avanzado cuatro metros más que tú, gastado diez euros en goma de ruedas y elevado su presión arterial en diez puntos de golpe. En ese momento tú, que tienes ganas de choteo, aprovechas para saludar al que está justo delante de tí, haciéndole con la mano el gesto de un avión planeando... y él suele contestarte con una peineta. Qué poco original.
Pero lo más difícil ya está conseguido, has salido y ahora, como en el vals, sólo tienes que dejarte llevar por la marea. Como circulas, obviamente, por el carril de los tontos, te armas de paciencia, que ya llegarás a donde sea, en algún momento. Eso sí, no mucho más tarde que algunos de los que van buscando colarse en huecos inverosímiles, que quizá les cabría el coche si hincaran el morro en el suelo y pusieran las ruedas para arriba. Pero ellos siguen intentándolo y ya, de paso, liándola un poquito más mientras colapsan dos carriles, que uno solo no es suficiente.
Tú, mientras tanto, intentando mantener la distancia de seguridad que, por razones que ignoras, se llena todo el rato de gente. ¡Que es para dejar espacio a la frenada! Pues no, todo el mundo toma tu humilde huequecillo por un paso franco donde colarse para, a continuación, pegar un frenazo de espanto. ¿Qué se habían pensado? ¿Que por ahí iban a saltar al hiperespacio? Y tú, mientras, respirando hondo y diciendo "oooooooooooooooooooooooooooom", como los mismos lamas tibetanos de más arriba.
El caso es que, en cuatro o cinco kilómetros has visto a varios especímenes al volante: los cagaprisas voladores, los expertos jugadores de tetris y los seguidores de Star Wars. Ya sólo faltan los que de pequeños le daban a los videojuegos de fórmula uno, que van cambiando de carril a velocidades de vértigo y que además, pobrecitos, les vendieron el coche sin intermitentes (o les dieron a elegir y prefirieron que se los equiparan con un mp3, quién sabe), que además de templar tu paciencia, para coger el coche tienes que desarrollar poderes paranormales (osea, leerle la mente a todo merluzo que considera que tiene muchíiiiisima más prisa que el resto, porque se ha dejado los niños en el horno o cualquier otra estupidez).
Total, que no has hecho ni la mitad del recorrido y ya te sientes como Mad Max, sólo que el perseguía a los malos y tú, lo único que quieres es llegar al trabajo a tu hora. Vamos, que en cualquier momento puede pasar a tu lado la banda del Cortaúñas y lo mismo ni te enteras porque se te acaba de poner una camioneta al bies y no sabes muy bien por dónde va a tirar.
Entonces, por motivos que no alcanzas a comprender, todo se despeja. ¿Dónde coño están todos los coches que tenías delante? ¿Habrán sido abducidos por alguna mente alienígena - y pelín tontorrona, que no sé yo para qué querrá tanto trasto absurdo -? Qué más da, sabes que no durará mucho, así que aprovecha para seguir avanzando, que pronto te vas a encontrar con un tramo en obras, un límite de sesenta y todo volverá a su ser... a su ser maligno.
Porque la señalización por obras está justo después de una incorporación por la que se te  va colando, como un enjambre, otro mogollón de agobiados impacientes que ahora, además, se permiten el lujo de darte las largas porque cometes el espantoso crimen de obedecer las normas y ponerte, en el carril de la derecha, a la velocidad que te dicen... Insensata, temeraria... No es eso, precisamente, lo que te llaman.
Pero que tu ánimo no decaiga, que pronto llegará la señal de fin de obras y te habrás librado, para entonces, de tooooodos esos apresurados que olvidan dónde está el radar y se llevan, ya de paso, la multa puesta.
Como te han dejado el camino expedito, puedes seguir canturreando tus tonterías, tranquilamente, que ya te los vas a encontrar un poquito más adelante, parados otra vez, porque un camión (a veces pienso que siempre es el mismo) se la ha pegado y se come un carril entero con acompañamiento de guardias.
Tú experimentas un "dejà vu", con todos tus compañeros de viaje, en el mismo sitio, junto al mismo camión... Sólo que tú no has sufrido ya once infartos, como otros, por las caras que están poniendo...
Es cuando recuerdas que tú te vas por la siguiente desviación, que no tiene apenas tráfico, que vas a llegar a tu hora, tranquilamente, sin haberte agobiado.
Entonces entiendes que, para los que se quedan ahí tirados, ver siempre pasar a la misma tía, a la misma hora, en el mismo astroso cacharro, tarareando algo que, por el movimiento de los labios es "ñeñeñeñeñeeeee", tiene que ser un estrés y un sinvivir.

sábado, 2 de febrero de 2013

Las redes inteligentes tienen una mala baba...

Hace ya unos cuantos meses me hablaba mi amigo Hernán, que sabe mucho de eso, sobre las redes inteligentes. Me contaba que aquello que vimos hace ya la friolera de treinta años en la peli "Juegos de guerra" era una realidad y un sistema correctamente diseñado podía aprender y hacerse mucho más relisto. Y ya, de tan sabio como se podía volver, podía también enculturizar a sus usuarios. Qué cosas, oye.
Como Hernán es un comunicador nato y un entusiasta de su trabajo, yo estaba tan emocionada con este asunto y volví a mi casa más contenta que unas pascuas, pensando que, con lo activa que soy en algunas redes sociales (no muchas, que no sé cuántas cuentas he abierto en twitter, porque no recuerdo cómo me llamo en ninguna ni, por supuesto, la contraseña; si me veis lanzando tweets como una posesa desconfiad, no soy yo, palabrita), la internete iba a hacer grandes cosas por mí y me ayudaría a mejorar los puntos débiles de mi currículum, convertirme en una empresaria que te pasas de próspera o, incluso, alcanzar el nirvana o cualquier otro estado que merezca la pena alcanzarse.
Ya veía yo mi vida mucho más fácil gracias a los beneficios de la informática, qué ilusa...
Empecé a sospechar que me equivocaba hace un par de años cuando, al poco de publicar mi post sobre mis fermosísimas camisetas, se me enciende un aviso en la pantalla recomendándome una tienda on-line donde podría adquirir, por precio módico, diseños aun más horteras que los que vengo gastando habitualmente. No hice ni caso del anuncio, porque a mí me gusta patearme las calles, mirar escaparates y elegir mis trapos cuando los veo por ahí y puedo entrar en el local, darle un rato de palique al vendedor, probármelos y todas esas cosas que hacen que nadie quiera salir conmigo de compras, porque soy una plasta (snif). No pinché en la ventanita y, a los pocos minutos, desapareció haciendo mutis por el foro. Que le vaya bien...
Pero las cosas no iban a quedar así, no señor. Un día, estoy viendo un vídeo en el yutube y me aparece un anuncio sobre ¡¡un remedio infalible contra la alopecia!! Eso me dejó un poco chocada, la verdad. Podía entender de dónde había venido el mensaje de las camisetas ¿pero éste? Pregunto a Ignacio, mi infalible amigo-enciclopedia y me dice que puede deberse a que comparta ip con algún calvo que busque en la web la solución a su problema. Bueno, vale, me dije, ignoraré los mensajes de crecepelos, seguro que van destinados a mi desconocido colega cibernético. Yo le recomendaría una tienda que hay en la Gran Vía, con bisoñés que se mueven arriba y abajo, seguro que le salía más barato que todas las lociones apestosas con que se anda restregando el cogote. Pero bueno, él sabrá.
Luego llegó el día en que empecé a cabrearme, porque la pantalla se me llenó de dibujitos que, bajo el título "solteros de tu región" me mostraba un montón de fotos de personitas sonrientes que, supongo, querían plan. Pues vaya, con lo tranquila que estaba yo... ¿A santo de qué me tira los tejos toda esta peña? Entonces recordé que, al editar mi perfil del face, no incluí, porque no me dio la gana, mi estado civil y eso, la red inteligente de marras no lo entendió como "¿y a tí qué coño te importa mi vida? sino como "no me como un rosco, más snif".
Entonces se me ocurrió que había oído mal y estaba metida, en vez de en una red inteligente, en una red "impertinente", que todo es posible...
Pero la cosa no quedó ahí, noooooooooooo, qué vaaaaaaaaaaaaa. Lo siguiente que me pasó fue que, una noche, mientras estoy marujeando con los coleguitas, el muro se petó con unos mensajes más cabreantes todavía: "adelagace 17 kilos en una semana", "consiga un vientre plano en quince días", "alimentos que ayudan a perder peso". Y esto ¿a qué coño se debía? Porque, si mal no recuerdo, no tengo colgadas fotos en las que se me vea de cuerpo entero... Pero claro, sí he comentado en alguna que otra entrada, lo mal que me quedaba el traje de romana, mi "natural frondoso" y la operación biquini. Así que, sin darme cuenta de ello, en algún rincón del "gran hermano" he sido etiquetada como "foca" o "foca en ciernes" y claro, como él sólo quiere ayudar, ahí que me lanza una lista de remedios... Joputa.
Total, que mi expediente electrónico me califica como hortera, calva, solterona y gorda. ¡¡Y yo, que estaba en la ignorancia más absoluta!! Ahora me miro en el espejo, buscándome inexistentes entradas en el pelo, midiendo el tamaño de mis lorzas y elijo con mucho cuidado la camiseta que me voy a poner y si estoy tomándome una caña y alguien me pregunta "¿estás sola?" contesto "según internet, síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii".
¿Os parece poco terrible? Pues aún hay más...
Un día, el consabido chivatillo me asegura que a mi amigo Juan, le gusta una determinada marca de preservativos. Y yo me pienso "vaya, qué pillín". Pero, después de varios días recibiendo la misma notificación, me dije "o este tío no para - mejor para él, que conste - o le está pasando lo mismo que a mí. Así que le pregunto "oye, tú, ¿a tí te molan estos condones?" y me dice "¿quéeeeeeeeeeeeeeeee?".
Pocos días después, recibo avisos similares: que si a mi prima Paloma le molan mogollón unos grandes almacenes, a mi amiga Beatriz, una cadena de restaurantes de comida rápida; a mi cuñado Juancar, unas enormes empanadas de atún de no sé qué marca... Caray, pues qué bien pero ¿por qué coño me lo cuentan a mí? Y la respuesta de todos ellos es la misma que la de Juan "¿cuálaaaaaa?".
Vuelta a preguntar y resulta que, si no señalas en tu perfil de amigos los contenidos suyos que quieres ver, tooooooooooodo lo que digan podrá ser utilizado en contra suya, digo podrá ser mostrado públicamente. Bueno, vale, aceptamos barco, digo asumimos que usamos una red pública y los contenidos son públicos. Pero es que ellos me aseguran que tales marcas ni les gustan, ni les interesan, ni nada de nada. Vamos, que el Gran Hermano es un gamberro y se divierte sembrando el caos y poniéndonos mala fama.
Porque, vamos a ver, yo aparezco como una glotona zarrapastrosa que no se come un saci y, además, se le cae el pelo, pero mis amigas lo hacen como fanáticas consumistas gastonas, mi amigo como un cochinillo, mi cuñado como un cebón y otras amigas como unas ludópatas, que se pasan el día enganchadas a los videojuegos on line y cultivan nabos, se quedan sin energía y alcanzan el nivel no sé cuántos de sapiencia, fortaleza o lo que sea...
Al final, después de mucho pensar, mi conclusión es que estas redes que aprenden y disponen a su voluntad, han alcanzado el nivel previo a la rebelión de las máquinas que auguraba la peli de "Terminator", todavía no nos han destruido, pero nos están minando el ánimo de mala manera...
Creedme, cuando vuestro muro arda de anuncios sobre lo que me gusta o deja de gustarme, vosotros no hagáis ni caso, pero poneos a cubierto, que pronto el ordenador central tomará conciencia de sí mismo y eso sí que será un estrés y un sinvivir.

martes, 15 de enero de 2013

Y un descenso acusado de las temperaturas...

Llevo unos cuantos días que, cuando veo el parte del tiempo en la tele (la "meteo", lo llaman ahora, si Mariano Medina levantara la cabeza...) tengo la sensación de estar viviendo los inicios de una nueva glaciación... Que si nieve abundante en cotas absurdas, heladas persistentes por doquier y, en los huequecillos que quedan, nieblas monstruosas.
Y que conste que, de las nieblas, puedo dar fe. Parece que, en los últimos días del año, en vez de en la Meseta estábamos viviendo en el Londres de Jack, el Destripador. De hecho, el otro día, mientras iba al curro, recordaba el libro de Dianne Fossey o como se llamara y creía que, al coger la curva de San Fernando, unos cuantos gorilas se me iban a cruzar corriendo, huyendo de la ladera del Virunga en busca de plátanos que, seguro, estaban de oferta en el "Carrefour".
Luego, al llegar a Alcalá, tenía la esperanza de encontrar al Conde Drácula tomando café en el sitio donde paro... Falsa ilusión, pues el traidor aristócrata había, seguro, elegido otro bar y yo me quedé sin el autógrafo que hace tantos años deseo (snif).
Pero en algo tenían razón los del telediario: "nieblas persistentes", que a las diez de la mañana todavía envolvían la ciudad del Henares con ese halo de misterio que tanto mola en las pelis pero tan puñetero resulta en la realidad.
Porque la niebla del cine la hacen con unas maquinas con las que deben quemar rábanos fritos, por las nubarracas de humo que generan, pero no pringa. ¿A que nunca habéis visto a Van Helsing con las gafas empañadas y chorreantes? Pues tendríais que haberme visto a mí, con el gorro lleno de agua y limpiándome los cristales con la manga de la sudadera, que no sólo no sirve para nada, sino que deja, además, pelotillas en los cristales.
Encima, el suelo se pone resbaladizo y tienes que andar a pasitos cortos, como "las muñecas de Famosa", para no escurrirte y quedarte ahí, en mitad de la calle, espatarrada, con las gafas empañadas y soltando denuestos: no queda nada femenino, os lo digo por experiencia.
Bueno, pues se pasan las nieblas y llegan los fríos, sí, los que dicen nuestras madres que sufrían en su infancia pero ya no hay (¿cuántas veces habré oído lo de "ya no hay inviernos como los de antes"? Como que crecí con la sensación de que mis antepasados debían ser inuits que masticaban pieles de foca para hacerlas más blanditas y coserse luego unos pedazo abrigos que ya quisieran diseñarlos Vittorio y Luchino; luego, al ver las fotos familiares, me llevé una gran desilusión - más snif -). Pues no los habrá - los fríos -, pero he tenido que sacar los guantes de goretex, ponerle el forro al anorak, buscar los calcetines gordos, que tienen borlas de peluche y no me caben en las botas y, aun así, la única frase que sale de mis labios hasta que llego al radiador es "chacho, qué frifriiiii". Y tengo la nariz hecha un sorbete y se me resbalan las gafas... Debe ser lo que llaman el "descenso acusado de las temperaturas", que si no es "un frío como los de antes", para mí que se le parece bastante.
Estaréis de acuerdo conmigo en que con esto ya vale, pero no, parece que un frente activo procedente de Siberia - o de Groenlandia, yo qué sé - ha decidido apalancarse en la Península para dar por saco un ratito más y, como los desagradables inquilinos que se le instalaron en casa al gigante de Wilde, no está solo: le acompaña un viento de tres pares de narices, por si acaso la sensación térmica no era ya, de por sí, lo bastante fastidiosa. Encima, con tanto aire moviéndose, los aros de las orejas me suenan como "uuuuuuuuuuuuuuuuuh, uuuuuuuuuuuuuuuuuh" y yo, que no puedo quitarme de la cabeza el recuerdo vampírico que os decía antes y no hago más que mirar por encima del hombro, por si me encuentro algún chupasangre, que esos no pasan frío y con esas birriosas capitas de los grandes éxitos de la Hammer, de raso, sin forro y con un vuelo que para qué, lo mismo se pasan por aquí a echar unos tragos.
Pues tampoco es bastante: faltaba la nieve, que hace mucho que no tenemos un caos circulatorio de los que tanto entretienen a los políticos mientras se culpan unos a otros de la imprevisión, al tiempo que los conductores de unos seis mil vehículos, atrapados en un atasco de pelotas, juran, entre otros idiomas, en arameo. Claro que, en estos tiempos, les sobran a los políticos argumentos que puedan echarse en cara, casi que les aliviaría un nevadón de los de cuarenta centímetros, con la gente usando las raquetas de pádel para andar por la calle. Lástima que no juegue al pádel, ni tenga raqueta, ni nada, porque sería divertido...
Sin embargo, mi deseo de poner el anorak del revés en el suelo y deslizarme con él, en plan trineo, por la Cuesta de San Vicente, creo que no va a ser posible. La nieve inminente que nos iba a dejar aislados hasta la primavera, como en "Siete novias para siete hermanos" se ha quedado, como siempre, pasando el finde en la Sierra y los que estamos más abajo y ya nos frotábamos las manos pensando "bieeeeen, mañana nevada enorme, no podré ir al coleeeee", pues nos volvemos a fastidiar.
Por supuesto, la "marea blanca" de turno llegará, cuando ya no nos la esperemos, el día que peor nos pille porque tenemos el anorak en la lavadora (y lo que tarda en secar, el jodío), hemos perdido el gorro y uno de los guantes (¿y por qué guardamos los guantes desemparejados? Porque los calcetienes, siempre existe la posibilidad de que la lavadora los escupa en dos o tres lavados, pero los guantes que pierdes por la calle o en el bar o vete tú a saber dónde, no vuelven nunca...) y no nos haya dado tiempo para cumplir nuestro deseo de Año Nuevo de "aprender a ponerle las cadenas al coche".
Y sabiendo que las glaciaciones son periódicas y que puede empezar una nueva en cualquier momento; que no es cierto que ya no hay fríos como los de antes (reconócelo, tu madre, a veces te toma el pelo); que el de la "meteo" nos ha avisado del descenso de las temperaturas, las heladas, la niebla y sus gorilas, la nieve que tanto les mola a los esquiadores y tanto les jode a los conductores y el viento ululón, que en algunos sitios está reconocido como atenuante a la hora de juzgar determinados delitos...
... Sabiendo que todos los años hay invierno, se nos sigue congelando el culo y volvemos a poner cara de gilipollas cuando abrimos el maletero y vemos las cadenas... Sabiéndolo, como el año pasado y el otro y el otro, hasta donde alcanza la memoria... ¿Es que estamos todos tontos o es que el frío, aunque de sobra conocido, es un estrés y un sinvivir?