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martes, 15 de enero de 2013

Y un descenso acusado de las temperaturas...

Llevo unos cuantos días que, cuando veo el parte del tiempo en la tele (la "meteo", lo llaman ahora, si Mariano Medina levantara la cabeza...) tengo la sensación de estar viviendo los inicios de una nueva glaciación... Que si nieve abundante en cotas absurdas, heladas persistentes por doquier y, en los huequecillos que quedan, nieblas monstruosas.
Y que conste que, de las nieblas, puedo dar fe. Parece que, en los últimos días del año, en vez de en la Meseta estábamos viviendo en el Londres de Jack, el Destripador. De hecho, el otro día, mientras iba al curro, recordaba el libro de Dianne Fossey o como se llamara y creía que, al coger la curva de San Fernando, unos cuantos gorilas se me iban a cruzar corriendo, huyendo de la ladera del Virunga en busca de plátanos que, seguro, estaban de oferta en el "Carrefour".
Luego, al llegar a Alcalá, tenía la esperanza de encontrar al Conde Drácula tomando café en el sitio donde paro... Falsa ilusión, pues el traidor aristócrata había, seguro, elegido otro bar y yo me quedé sin el autógrafo que hace tantos años deseo (snif).
Pero en algo tenían razón los del telediario: "nieblas persistentes", que a las diez de la mañana todavía envolvían la ciudad del Henares con ese halo de misterio que tanto mola en las pelis pero tan puñetero resulta en la realidad.
Porque la niebla del cine la hacen con unas maquinas con las que deben quemar rábanos fritos, por las nubarracas de humo que generan, pero no pringa. ¿A que nunca habéis visto a Van Helsing con las gafas empañadas y chorreantes? Pues tendríais que haberme visto a mí, con el gorro lleno de agua y limpiándome los cristales con la manga de la sudadera, que no sólo no sirve para nada, sino que deja, además, pelotillas en los cristales.
Encima, el suelo se pone resbaladizo y tienes que andar a pasitos cortos, como "las muñecas de Famosa", para no escurrirte y quedarte ahí, en mitad de la calle, espatarrada, con las gafas empañadas y soltando denuestos: no queda nada femenino, os lo digo por experiencia.
Bueno, pues se pasan las nieblas y llegan los fríos, sí, los que dicen nuestras madres que sufrían en su infancia pero ya no hay (¿cuántas veces habré oído lo de "ya no hay inviernos como los de antes"? Como que crecí con la sensación de que mis antepasados debían ser inuits que masticaban pieles de foca para hacerlas más blanditas y coserse luego unos pedazo abrigos que ya quisieran diseñarlos Vittorio y Luchino; luego, al ver las fotos familiares, me llevé una gran desilusión - más snif -). Pues no los habrá - los fríos -, pero he tenido que sacar los guantes de goretex, ponerle el forro al anorak, buscar los calcetines gordos, que tienen borlas de peluche y no me caben en las botas y, aun así, la única frase que sale de mis labios hasta que llego al radiador es "chacho, qué frifriiiii". Y tengo la nariz hecha un sorbete y se me resbalan las gafas... Debe ser lo que llaman el "descenso acusado de las temperaturas", que si no es "un frío como los de antes", para mí que se le parece bastante.
Estaréis de acuerdo conmigo en que con esto ya vale, pero no, parece que un frente activo procedente de Siberia - o de Groenlandia, yo qué sé - ha decidido apalancarse en la Península para dar por saco un ratito más y, como los desagradables inquilinos que se le instalaron en casa al gigante de Wilde, no está solo: le acompaña un viento de tres pares de narices, por si acaso la sensación térmica no era ya, de por sí, lo bastante fastidiosa. Encima, con tanto aire moviéndose, los aros de las orejas me suenan como "uuuuuuuuuuuuuuuuuh, uuuuuuuuuuuuuuuuuh" y yo, que no puedo quitarme de la cabeza el recuerdo vampírico que os decía antes y no hago más que mirar por encima del hombro, por si me encuentro algún chupasangre, que esos no pasan frío y con esas birriosas capitas de los grandes éxitos de la Hammer, de raso, sin forro y con un vuelo que para qué, lo mismo se pasan por aquí a echar unos tragos.
Pues tampoco es bastante: faltaba la nieve, que hace mucho que no tenemos un caos circulatorio de los que tanto entretienen a los políticos mientras se culpan unos a otros de la imprevisión, al tiempo que los conductores de unos seis mil vehículos, atrapados en un atasco de pelotas, juran, entre otros idiomas, en arameo. Claro que, en estos tiempos, les sobran a los políticos argumentos que puedan echarse en cara, casi que les aliviaría un nevadón de los de cuarenta centímetros, con la gente usando las raquetas de pádel para andar por la calle. Lástima que no juegue al pádel, ni tenga raqueta, ni nada, porque sería divertido...
Sin embargo, mi deseo de poner el anorak del revés en el suelo y deslizarme con él, en plan trineo, por la Cuesta de San Vicente, creo que no va a ser posible. La nieve inminente que nos iba a dejar aislados hasta la primavera, como en "Siete novias para siete hermanos" se ha quedado, como siempre, pasando el finde en la Sierra y los que estamos más abajo y ya nos frotábamos las manos pensando "bieeeeen, mañana nevada enorme, no podré ir al coleeeee", pues nos volvemos a fastidiar.
Por supuesto, la "marea blanca" de turno llegará, cuando ya no nos la esperemos, el día que peor nos pille porque tenemos el anorak en la lavadora (y lo que tarda en secar, el jodío), hemos perdido el gorro y uno de los guantes (¿y por qué guardamos los guantes desemparejados? Porque los calcetienes, siempre existe la posibilidad de que la lavadora los escupa en dos o tres lavados, pero los guantes que pierdes por la calle o en el bar o vete tú a saber dónde, no vuelven nunca...) y no nos haya dado tiempo para cumplir nuestro deseo de Año Nuevo de "aprender a ponerle las cadenas al coche".
Y sabiendo que las glaciaciones son periódicas y que puede empezar una nueva en cualquier momento; que no es cierto que ya no hay fríos como los de antes (reconócelo, tu madre, a veces te toma el pelo); que el de la "meteo" nos ha avisado del descenso de las temperaturas, las heladas, la niebla y sus gorilas, la nieve que tanto les mola a los esquiadores y tanto les jode a los conductores y el viento ululón, que en algunos sitios está reconocido como atenuante a la hora de juzgar determinados delitos...
... Sabiendo que todos los años hay invierno, se nos sigue congelando el culo y volvemos a poner cara de gilipollas cuando abrimos el maletero y vemos las cadenas... Sabiéndolo, como el año pasado y el otro y el otro, hasta donde alcanza la memoria... ¿Es que estamos todos tontos o es que el frío, aunque de sobra conocido, es un estrés y un sinvivir?