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domingo, 12 de abril de 2015

Músicos callejeros

Desde que tengo uso de razón, si es que alguna vez la tuve - quizá sería mejor utilizar la frase inglesa, "as long as I remember" - he oído que llevamos una vida tan acelerada que pasamos por el mundo como zombies, trastabillando, con cara de lelos, la cabeza medio torcida y sin prestar atención más que a las fuentes potenciales de sesos  frescos, vamos, los que nos rodean, para lanzarnos sobre ellas y pegarles un bocao en el cogote mientras emitimos sonidos guturales tipo "uuuuurg"... Total, que eso que llamamos "la sociedad moderna", que aparentemente no tiene nada ni de moderna ni de sociedad, nos convierte en ciegos y sordos a todos los detalles bonitos de la vida... Y la verdad es que me parto de risa, porque me gustaría a mí saber cuánto tiempo tenían mis abuelos, que se desriñonaban desde que amanecía hasta que se hacía de noche para ganar cuatro cuartos y cuando llegaba la noche estaban tan mataos que no eran capaces de hacer nada más que derrumbarse en un sillón y desde ahí arrastrarse penosamente hasta la cama, para volver a empezar al día siguiente una ronda de lo mismo. Sí, esos tiempos más naturales y humanos en los que te recomendaban hacerte pis en las manos para curarte una herida, por ejemplo.
En fin, seguro que a todos os ha llegado el correo electrónico ese que cuenta que un virtuoso violinista estuvo tocando una hora en el metro de no sé qué enorme ciudad (sería Nueva York, digo yo) y no se paró a escucharle ni el Tato, solamente un niño pequeño cuya madre le tiraba de la mano porque tenía prisa... Triste, no lo niego, snif. Pero creo que un poquito injusto, caray.
Lo que pasa es que yo, cuando voy en metro, corriendo para no perder las conexiones y llegar a tiempo al curro, no me encuentro con genios de ningún instrumento, palabrita. Todo lo contrario, menudas melopeas me toca tragarme, de verdad que entran ganas de correr más deprisa todavía... en dirección contraria. Hay un señor que toca el acordeón y no mal, que conste, le da a la estación un cierto aire parisino, que no deja de tener su gracia, pero en los últimos cuatro o cinco años no le he oído cambiar de repertorio. A lo mejor tiene su público, gente que anda por ahí a las seis de la mañana y al contrario que yo, no tiene que coger un autobús y si se para a escuchar lo pierde y el siguiente pasa media hora después. A lo mejor esos fieles entregados siguen pidiendo, insistentes, el mismo bis, aburridísimo. Pero ya se sabe que para gustos se hicieron colores, incluso para escuchar tostones.
Y también hay un matrimonio de jubilados, él con el violín y ella pasándole las páginas de las partituras... No he llegado a saber lo que toca, porque se toman su tiempo para prepararlo todo, al fin y al cabo ellos no tienen prisa, pero yo sí. Me gustaría pararme un día para enterarme, pero claro, pedirme un día en el trabajo y levantarme a las seis de la mañana para ir al metro a escuchar a un violinista, seguro que es de una calidad humana inenarrable, no lo niego, pero como no soy yo tan buena... A las horas que vuelvo, que ya no tengo que correr, ya no están... ¿Me estaré perdiendo al nuevo Paganini? Lo ignoro, más snif.
También está el chico que toca los bombos. Menudo marchón, palabra, es genial, cuando voy bajando mil quinientos millones de tramos de escalera en uno de esos trasbordos de las líneas antiguas le oigo desde arriba y debe ser familia del percusionista de Hamelin, porque los pies me empiezan a dar saltitos ellos solos y parece como si estuviera sufriendo alguna crisis epiléptica... Pero cuando llego y le veo la cara tengo la sensación de que le da exactamente igual si alguien le escucha o no, está ensimismado en sus tambores, pasándoselo pipa. Bravo por él, porque no creo que saque mucho.
¿Y qué me decís de la señora que canta? Lleva su caja de ritmos y un micrófono y no es por nada, pero ella misma debe ser consciente de lo mal que lo hace, porque tiene un cartelito donde pone algo así como "no te rías por lo mal que lo hago, que lo mismo te ves tú en esta misma situación"... Lo cual me hace pensar mucho, me imagino que yo me viera obligada a hacer algo que se me da como el culo para ganarme la vida y caray, me entran sudores. Porque hay tantos terrenos en los que carezco de aptitudes que me costaría trabajo elegir uno. Podría intentar cantar fatal, aporrear lamentablemente un instrumento, bailar como si tuviera pulgas recorriéndome una pierna o quizá cosas todavía más espantosas... Al final me entra tanta pena que acabo dándole una moneda...
Me recuerda a otro violinista, éste con aspecto de ruso, que un día me sorprendió con Cavalleria rusticana. Se lo dije, para que viera que sus notas no caían en saco roto. Pero ya no volvió. Yo creo que se pensó que al día siguiente le diría "y qué mal tocas, jodío". Como el que estaba una vez en el Retiro y llevaba grabado el cuarto de Tchaikovsky y resulta que él iba tan despacio que su interpretación se convirtió en un batiburrillo inenarrable.
Hay ahora mismo tantos músicos en paro que hasta forman orquestas callejeras... En Sol habréis visto algunas, pero no sé si pasa lo mismo que con el señor del acordeón, porque siempresiempresiempre les oigo interpretar los mismos temas, el canon de Pachelbel (¿se escribe así?) o la Eine kleine nacht musik (que tampoco sé si se escribe así) de Mozart. ¿Será porque paso siempre a la misma hora? ¿Será porque soy tan lela - todo es posible - que sólo sé reconocer esos dos temas y a lo mejor su repertorio es de quinientas o seiscientas sinfonías? Pero todas estas orquestas debieron estudiar en un único conservatorio, porque tengo la sensación de que hacen exactamente lo mismo. No está mal, pero aburre un poco. Ya sé que me diréis que hay gente que acude todos los años al mismo concierto, el Mesias de Haendel por Navidad o el Requiem  de Mozart, pero eso es una vez al año, no todos los días de los últimos diez años.
Un extraño rayo de luz lo pone un contrabajista italiano guapísimo, al que pesqué el otro día interpretando la sintonía de Juego de tronos. Y me acordé de los versos de don Mendo: Y era la trova tan linda/ y tan lindo el trovador/ que doña Sancha rindióse/ con el do re mi fa sol... porque me quedé a aplaudirle, le pedí permiso para hacerle una foto y me fui tan contenta que cogí la conexión al revés y llegué tarde a mi cita... Prueba de que no puedo pararme a hacer fiestas a los músicos callejeros porque luego a ver cómo se lo cuento al jefe... Sí, llego tarde porque un italiano macizorro estaba interpretando al contrabajo "juego de tronos". En serio ¿vosotros lo contaríais? ¿A que no?
En fin, que al final me queda la duda de si yo me hubiera parado a escuchar a Paganini en el metro de Nueva York. ¿Eso me convierte en un monstruo? Pues tendré que asumirlo. Porque palabra, no hay entre la gente que se busca la vida en la calle colectivo al que valore más que a los músicos, pero entre lo mal que lo hacen algunos, lo que se repiten otros, la prisa que sólo el que es millonario (y ese no va en metro ni por la calle paseando) o lo suficientemente joven para disponer de tiempo propio no tienen, que para una vez que me entretuve casi la lío y que a ver quién tiene cuartos para echar un cable a todos, a veces pienso que tendría que salir a la calle con las manos en las orejas, no vaya a ser que esté escuchando alguna genialidad y cometiendo la herejía de no detenerme y contribuir económicamente a ello.
Y qué queréis que os diga, además de incomodísimo, eso sería un estrés y un sinvivir.

2 comentarios:

  1. Ja, ja, ja pregúntale a mi hijo Javier por el señor del acordeón de Mercadona mientras preparaba el proyecto fin de carrera, no sabía si echar una moneda o un cubo de agua para que se fuera...¡16 horas seguidas, todos los días menos festivos, con la misma músiquita!

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    1. ¡Pobre Javier! Yo tuve un vecino que estudiaba violín y lo hacía tan mal que su profesor le pegaba unos gritos que ni te cuento. Y unas amigas tuvieron acogidos en su casa durante todos los años del BUP a unos vecinitos, porque el hermano era violinista de la Joven Orquesta de Euskadi...
      También recuerdo unos tiempos en que mi padrino empezó a coquetear también con el violín y tocaba lo de "Las vacas del pueblo ya se han escapao"... Inenarrable.

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