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lunes, 22 de mayo de 2017

Torpes, torponcillos y demás fauna que tropieza

Me reía la otra tarde, cuando una amiga me mandó una foto de sus botas, convertidas en un amasijo de arcilla tras haber pasado por lo que ella definía como unas "arenas movedizas"... Y no es que me haya reído de mi amiga, pobre (bueno, sí me he reído, soy así de bruja, qué le voy a hacer), más bien es que su percance me ha hecho recordar unos cuantos "perpetrados" por mí misma...

Sin ir más lejos, al ver las botas embarradas he recordado aquella vez que. volviendo de clase, me metí de patas en lo que yo tomé por un foso de cemento y resultó ser una pobre acera que estaban haciendo junto a las obras del metro. Cierto que se veía a la legua que la acera estaba, digamos, blandita, pero yo no la vi y no porque no llevara las gafas, sino porque iba leyendo, costumbre nada recomendable y que se puede comparar a nuestra manía actual de mandar whatsapps a diestro y siniestro, cuando deberíamos estar atentos, al menos, al tráfico.

Sí, lo sé, no se debe ir leyendo por la calle, lo menos que te puede pasar es que pises una caca y os aseguro, por experiencia, que no te toca la lotería; pero ahí estaba yo, devorando un ladrillo de libro, cuando oí, así como de lejos, dos "chof" ("chof", "chof") y sentí, de repente, frío en los pies. Miré para abajo... y los dos habían desaparecido, criaturillas, en un espeso mar gris. No sé cuánta gente me vio en esa situación tan absurda, con el libro en la mano e intentando interpretar qué porras había pasado para que, en un segundo, hubiera pasado de "estudiante de vuelta a casa" a "panoli de camino a la petrificación".

Vino en mi ayuda un chico que, por si no me había dado cuenta, me aclaró amablemente: "creo que te has manchado". Y eso fue lo que rompió mi parálisis y me obligó a salir corriendo, para llegar a casita antes de que el cemento se me secara encima y tuviera que sacarme las playeras con un taladro, como en los tebeos de Mortadelo.

Lo peor de tan estúpida aventura es que no se trata de un hecho aislado, sino de un ejemplo de las múltiples torpezas que cometo de forma habitual y me quedo tan ancha... Bueno, en realidad no me quedo tan ancha, en un primer momento me da muchísima rabia, aunque cuando intento explicarme a mí misma lo que me ha sucedido, me suele entrar la risa floja, como aquella vez que, "ayudando" a otra amiga, sacudí el mantel después de comer y tiré las servilletas por la ventana... hecho del que no fui consciente hasta una semana después cuando ella me lo explicó mientras yo me escacharraba convenientemente... O cuando se me vino encima una montaña de ropa porque decidí que podría sacar, sin ningún problema, la camiseta de abajo del todo.

Y ¿cuántas veces me habré dado contra una farola por ir pensando en las Batuecas? Ni las cuento ya, porque son legión y tampoco es cuestión ir apuntando cada estupidez que hago al día (más que nada porque no tendría espacio en la agenda).

Pero la cosa no acaba ahí. No me preguntéis cómo, pero en una ocasión estuve a punto de pillarme una oreja (a izquierda) con la puerta del coche de mi cuñado. Por fortuna sólo me la arañé, pero aún hoy, cuando han pasado ya unos años, sigo sin explicármelo, palabrita... Y casi es mejor, hay cosas, como dicen en las pelis de miedo, que deberían permanecer siempre ocultas...

Cierto que debe haber, en mis estupideces, un cierto componente genético, ya que mi hermana se cortó una vez con un trozo de queso (de verdad, que sí, que lo hizo, tampoco sabe cómo, pero lo hizo), mi padre intentó hacer una llamada con el mando de la tele y tengo unos primos que, movidos también por algún gen aún no descifrado por la ciencia, atraen indefectiblemente las chorradas, a modo de humanos imanes... Es un hecho científicamente demostrado que, si un vaso lleno de algo preferentemente pringoso, se cae sobre la mesa, el líquido se dirigirá, sin vacilación, hacia ellos, no importa cuál sea la inclinación de la mesa.

En serio, cada vez estoy más convencida de que el gen de la torpeza (llamémoslo gen T), que debe ocultarse en alguna parte de a saber qué par de cromosomas, se encuentra activo en mi organismo y me impulsa a pisarme los cordones de los zapatos, pillarme los dedos con las puertas, darme con la puerta del armario de los platos en el cogote, tropezar con inexistentes obstáculos, engancharme las mangas de las camisetas con los picaportes cuando llevo algo que se pueda romper (un plato o un vaso, por ejemplo), estornudar con la boca llena, perder todo aquello que tengo entre las manos, cargarme, sin saber muy bien cómo, lo que estoy intentando arreglar y, en resumen, cualquier otra cosa que se os pueda ocurrir...

... Actividades que me valieron, en mi más tierna infancia, el apodo de "manitas de cazo", que yo sufrí con grandes dosis de frustración hasta que comprendí que era el gen T que, por esos caprichos de la genética, suele saltarse una generación, así que compadezco a mis familiares con padres de manos y pies hábiles, porque eso significa que, en algún momento de su vida (si no desde el nacimiento, como en mi caso), el gen se activará y con él su capacidad para ponerse a sí mismos en ridículo, no importa el lugar o el momento (o, en realidad, sí que importa, siempre pasará en el instante en que alguien les esté mirando, para poder dejar luego testimonio en comentarios y chascarrillos, snif).

Al final (o al principio, si eres un poco rápida) aprendes a reírte de ti misma y de tus meteduras de pata y hasta a contarlas con estilo (después de todo, siempre va a haber alguien que lo haga público, mejor que seas tú, hay que aceptar con deportividad las limitaciones de la naturaleza) pero os lo aseguro, ser tan tan tan torpe es un estrés y un sinvivir.

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