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jueves, 14 de octubre de 2010

A vueltas con las guarreridas

Veo, por los comentarios hechos a mi última entrada, que he puesto el dedo en la llaga al tratar tema tan controvertido como la mugre automovilística. Entre los hallazgos arqueológicos de mi concu (ten cuidado, arqueólogos de Princeton descubrieron en la guantera de una furgoneta una extraña criatura a la que rendían culto en algún rincón del Amazonas. Hubieran ganado un premio... pero todos murieron), la masa móvil de mi sobri y las barbies de mi amiga, creo que mi pobre cochecito ha encontrado, al fin, amigos. Bieeeeeen.
En fin, que todo esto me ha llevado a pensar en otras guarreridas que acompañan mi vida: aquellas cosas que, por algún motivo que no soy capaz de comprender, guardé un día y ahora aparecen para llenarme de desconcierto y robarme el poco espacio vital que tengo.
Sin ir más lejos: el otro día aparecieron, en el armarito que tiene mi mesilla de noche, unas zapatillas horripirmosísimas, rojo chillón, con ese elegante taconazo de cuña que tanto nos molaba a principios de los ochenta. Ya he comentado en otra ocasión que no soy dada a los tacones. Tal vez por eso me hice aquel esguince de tobillo cuando estaba subida a las alturas de tamaña horterada. Una luz apareció en mi mente y me recordé a mí misma guardándolas, entre juramentos contenidos. Ahora bien, ¿por qué cojones las guardé? ¿No estaba ya claro que no pensaba volver a ponérmelas en jamás de los jamases? No tengo respuesta para esta insidiosa pregunta.
Si esto fuera lo único, no me preocuparía pero, lamentablemente, la cosa sigue. Abro un cajón del mueble del recibidor y ¿qué me encuentro? Unos catorce pares de gafas viejas, graduadas para distintos grados de topez, ninguno de ellos el mío actual. ¿Qué demonios hacen aquí todas estas gafas? ¿Estoy esperando a ver si se hacen amigas o si procrean? Y, nuevamente, me recuerdo a mí misma guardándolas, una a una, porque en no sé qué parroquia las recogían para mandarlas a las misiones... Pero, claro está, no las mandé. Allí siguen, hasta que dentro de veinte años las vuelva a encontrar y, por supuesto, el montón habrá crecido.
¿No os parece ya bastante lamentable? Pues la cosa sigue: tendríais que ver el fondo de mi armario, eso sí que es un fondo de armario y lo demás, tonterías. ¿Por qué guardaré yo dos vestidos - encima, vestidos, con lo que me moooolan -? Diréis, "pues para ponértelos, lista". Pero no, no son para ponérmelos, entre otras cosas, porque dejaron de valerme hace unos veinticinco años. ¿Los tendré allí para hacer bulto? Pues lo consigo, no me cabe la ropa de invierno de tanta mierda acumulada. De verdad, parece el almacén de una tienda retro: que si unos vaqueros de pitillo de mi época javimétal, tropecientas camisas horrorosas, de cuellos setenteros, heredadas en diversos trasvases de ropa (ya sabéis, todo aquello que nadie quiere, se lo larga a la hermana pequeña).
Ahí debe estar el problema: está visto que nadie tira nada. Cuando alguien se harta de alguna cosa, se la pasa al hermano pequeño. En mi caso, no sólo mis hermanos, también mis tías me transfirieron guarreridas en algún momento de sus vidas. De ahí viene un abrigo de cuero de color crema (gññññññ), más tieso que la mojama y teñido de marrón oscuro, una chaqueta verde de eso que llamaban "piel de melocotón" (más gñññññ) y una espeluznante colección de bolsos. Y luego yo, como no tengo hermanos pequeños y no soy tan puta como para endiñarle la mierda a mi sobrina Mónica, que es una santa, la pobre, pues lo acumulo en los armarios hasta que, en una ocasión como ésta, hago intención de tirarlo.
Pero luego, cuando lo veo en sus bolsitas, tan mono, civilizadamente esperando una muerte larga y dolorosa (no sabéis cómo chuflan las trituradoras de las empresas de reciclaje, es un horror), pues me dan penita. Y pienso, "a lo mejor alguien recoge ropa y le vale algo de esto, al fin y al cabo, es horrendo, pero no está desgastado" (nos ha jodío, a ver quién se ponía todo eso). Total, que pasa del armario al pasillo de entrada, en espera de una vida mejor. Tal vez, en el próximo intento, reuna ánimo para sacarlo a la calle y que le den por culo de una puta vez.
Y es que hacer limpia en los armarios, qué queréis que os diga, es un estrés y un sinvivir.

1 comentario:

  1. Es que no te has enterado de lo que dice Nati Abascal? Lo que no te has puesto en dos temporadas regálaselo a una amiga, porque tú no te lo vuelves a poner jamás de los jamases. Yo todo lo doy o lo tiro, sin contemplaciones. No te puedes hacer idea de lo que le gusta a la gente. Tú dices: "te advierto que está más pasado que el Travolta con peineta" y dice la otra, "trae, trae, que me viene de perlas con un pantalón que me he comprado". Hale, reciclaje se llama.
    Yo adoro las tiendas de ropa de segunda mano en Alemania. Me lo paso en grande encontrando cosas que ni yo ni nadie en su sano juicio se pondría. Pero es como jugar a los disfraces a lo grande. Luego siempre pico, y me traigo, sobre todo zapatos, que cuando me pongo despierto a toda la oficina a las ocho de la mañana del susto que se llevan. Y qué? No puede una ir hecha una hortera de vez en cuando o qué?
    La más estupenda guarrerida de mi armario seguirá allí por siempre jamás, y éso que cada vez que la pesca mi marido amenaza con tirarla. "Atrévete si hay huevos" le digo yo. Como tire mi camisa de conciertos, blanca a rayas negras, comprada hace exactamente 22 años en Florencia, pido el divorcio de inmediato. "Pero si ya no cabes".... Tú tampoco en tus vaqueros pitillo y están en el altillo. "Eso es un recuerdo sentimental". Estupendo. A ver si ahora los armarios no van a poder tener memoria. Que todo lo queréis tirar. Lo que es un estrés y un sinvivir! Hale.

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