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miércoles, 15 de junio de 2011

Los convites son un "infienno"

Ya sé que me diréis que este comentario es propio de cortarrollos, aguafiestas, gruñones y otras razas similares, pero dejadme que me explique:
No soy contraria a los convites, ya sean meriendas de cumpleaños, cenas de amiguetes o cafés de parentela, al contrario, me molan mogollón y me apunto a todos... siempre que sea biológicamente posible. Y puntualizo porque, entre otras cosas y con harto dolor de mi corazón, he tenido que renunciar, pongamos sólo tres ejemplos, a un banquete de bodas belga, una merienda campestre en un bosque de la Borgoña y una charla con infusión de té de coca incluida en el Altiplano. Ya me hubiera gustado a mí... Snif.
Pero, aunque me guste tanto acudir a merendolas y otras jornadas eróticogastronómicas, debo reconocer que tienen sus contraindicaciones.
La primera de todas, obvia: cada vez que alguien me convida a un cumple o similares, engordo una media de trescientos cincuenta kilos. Llegas ahí, toda feliz, con tu regalito (si es un cumpleaños), tu botellita de vino (si es una cena) o tus pasteles (si es una "frugal" - jajajá - merienda) y te encuentras la mesa preparada para ciento cuarenta y cuatro invitados (vamos, una "gruesa", por si no bastara contigo). Y tú preguntas, toda candorosa, "¿soy la primera en llegar?" y el anfitrión de turno te dice "si sólo vienes tú"... y le falta añadir "so foca". O no, resulta que sí viene más gente, pero nunca, ni por asomo, tanta como para comerse todo lo que hay preparado.
Porque, vamos a ver, ¿en qué cabeza cabe que haya preparados cincuenta y ocho tipos de entrantes? ¿Es posible que tanto entrante deje espacio al plato principal? ¡Nooooooooo! Que cuando te has comido ya el jamón, el queso, las aceitunas, las patatas fritas, el choricito (normal o a la sidra), las tostaditas con los patés, los pimientos de padrón y todas esas cosas que una encuentra en la tienda de variantes del mercado (¿por qué tantas variedades de aceitunas, me lo queréis decir?), no te queda espacio en el estómago (ni en tu flamante traje nuevo) para la comida principal.
Y ¿dónde coño quedó el civilizado plato único? Que no quiere decir que te dan un plato de plástico y lo vas poniendo hasta los topes de todo lo que pillas, glotona degenerada, sino que sólo te ponen un plato, yo que sé, un filetillo, un pescadito, algo así... Pues no, hay que empezar con los langostinos, hala, treinta y seis por cabeza (y encima, el que da el fiestorro diciendo "por favor, comeos todos los langostinos, que luego se estropean" y tú ves el mar asolado y puesto en tu mesa), dos tipos de salsa como mínimo (más la vinagreta que siempre hace alguien en el último momento, por si alguno no se atreve con la mayonesa). Después un pescadito, que la mitad de la gente se deja, porque no le gusta (ahora se estila decir que se es alérgico, queda más fino, pero no se lo cree ni el Tato) y tú, por no hacerle un feo a tu prima la coja, que hace mucho que no la ves (desde el anterior cumpleaños), hala, hasta mojando barra y media de pan en la salsa.
Crees que es el momento de reventar y, de hecho, vas buscando, como el resto de los invitados, un lugar un poco más amplio para explotar cómodamente, cuando viene la carne. ¿Quién le va a decir que no a las costillitas, las chuletas de cordero, la barbacoa de no sé qué, cuando el marido de tu prima lleva hora y media, como un cabrón, para hacer las brasas. ¡Venga! ¡Once mil calorías más p'al body!
La cosa sigue: muy mal se tiene que dar, para que alguien no saque, de repente, un melón y se empeñe en cortar rajas a diestro y siniestro. Yo me pregunto, en qué momento de mi vida me vio alguien comiendo melón con tanto interés como para dar por seguro que quiero un cacho de un metro de largo, chorreante de babas y pipas.
Consigo escaquearme de él con el viejo truco, que siempre funciona, ya sabéis, "quién fue primero..." digo, "¿qué te gusta más, el melón o la sandía?". No sé, ¿por qué siempre lo del melón y la sandía? Nunca me ha preguntado nadie si prefiero el chorizo a la sidra o la leche merengada pero los otros, como tienen los dos cáscara gorda, pues hala, a empezar una discusión que nadie ha conseguido zanjar desde que, en el Neolítico, se empezó la plantada irracional de melones en Villaconejos y de sandías en véte tú a saber dónde.
Pero claro, la cosa no podía ser tan fácil: quedan los pasteles, o la tarta, o los bizcochos borrachos, o los bombones, o los heladitos o, sí, lo habéis adivinado, un poco de todo, porque el cumpleañero ha pensado que, tal vez, a algunos no les gustara el helado y prefirieran la tarta, a otros no les pareciera bien la tarta y quisieran bizcochos y un bombón... pues eso, que siempre queda hueco para un bombón. Coño.
Tal vez pienses que los cafés son actos sociales más civilizados, pero te equivocas. Hay que preparar la cafetera normal, la de la prima Ifigenia, que es hipertensa, la lechera con leche normal y la descremada, que el primo Etelvino está a régimen (sí, desde el último cumpleaños, no te jode, se pone hasta las asas de pasteles, pero luego quiere la leche descremada...), el té para los fisnos (y no falla, siempre es verde o earl grey, ¡pero si huele a colonia!) y, por si vienen los niños de Amelia, chocolate, de ese clarucho y grimoso que luego nadie se bebe.
Por supuesto, no se acompaña el café con un sencillo plato de aromáticas hojas de menta, qué vaaaaaaa, hay bizcocho de chocolate, galletas de las que te comes a puñados, más bombones, joder con los bombones, hasta  tostadas he llegado a ver yo en algunas mesas. Vamos, que te levantas de la mesa como un Buda, con la tripa llena de café, los dedos pringosos de bombones y nata por todas partes (bueno, eso, a veces, hasta mola).
A todo esto, no he mencionado otro terrible efecto colateral, la barra libre después. No hay merienda sin bebercios de todo tipo, cena sin champán y cubatas y café sin licorcillos y vinitos dulces (si está la abuela... borrachuzaaaaaaaa).
En fin, que cuando eres capaz de rememorar los hechos, si tienes suerte al día siguiente, te encuentras con lo siguiente:
- Tienes los pantalones llenos de pringue, porque se te derritió el helado.
- Lo anterior no es un problema, porque ya no te valen, así que puedes tirarlos.
- Tu colesterol alcanza niveles de libro ("de libro de terror") y tú ignoras por qué, si siempre comes acelgas pescado crudo.
- Te has pasado la noche dando saltos por culpa de la cafeína de los cojones.
- Te huele el pelo a chorizo frito, porque te pusiste junto a la barbacoa a darle palique a tu pobre primo mientras preparaba la comida.
- Tienes una acidez de caballo y alguién más listo o más rápido que tú, se ha llevado el almax.
- También tienes un resacón de caballo y no es porque tu prima te diera garrafón, el motivo es otro, mucho más prosaico: te bebiste hasta el agua de los floreros.
- Encima, tienes que dar gracias, porque la fiesta la organizó otro y no te toca ni recoger todo ese desastre de platos sucios, pringue de cubata y ceniceros apestosos, ni estar ocho días comiendo restos recalentados de sardinas y chuletas.
En fin que, si no fuera porque me lo paso que te cagas, no iría nunca a un convite, porque es un estrés y un sinvivir.

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