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jueves, 2 de junio de 2011

Plastas

No sé vosotros, pero yo tengo un imán especial para los plastas. Allá donde vaya parezco emitir, inconscientemente, en una frecuencia que todos los pelmas, coñazos, petardos y cansinos de, pongamos, un kilómetro a la redonda, perciben sin esfuerzo alguno y claro, acuden a mí en bandadas, como esos estorninos que dejan Rusia "toa cagá" año tras año. Sólo que la que se caga soy yo... en sus muelas.
Mira tú que los superhéroes de la tele tienen poders que molan mogollón: leen mentes, mueven objetos con el pensamiento, vuelan, adivinan el futuro, tienen fuerza sobrehumana... Yo qué sé; ya me podría haber tocado alguno de esos y no esta cruz.
Como todos los que poseen habilidades paranormales, tardé mucho en comprender que todos los petardos se sienten atraídos por mí y fue, de hecho, una amiga, de nombre Belén, como casi todas las amistades de mi infancia, salvo los chicos, quien se percató del hecho. Pero, políticamente correcta ella, no lo llamó "el atractor de coñazos", que sería más propio, sino "don de monjas": porque todas las personas que, sin motivo aparente, surgían de la nada para darme la tabarra y contarme su vida, durante una temporada, fueron monjas, salvo los curas (que también los había).
Y yo, por fiarme de ella, consideré que todo se resolvería, simplemente, manteniéndome lejos del clero y grupúsculos religiosos varios. Ilusa (snif).
Pero claro, la cosa no era tan sencilla. Pronto comprobé, separada de la vida religiosa, que cualquier plasta que estuviera por los alrededores, aprovechaba la menor excusa para ponerme la cabeza como un bombo con sus rollos patateros: las señoras en la cola del pan, los vendedores de klínex en los bares, los despistados en el transporte público (muy cachondo uno que preguntaba por qué puerta sabía, que iba muy pedo y no veía), bucaneros, equilibristas, jefes de consejos de administración, taxistas portugueses (aunque en esta ocasión fuimos cuatro y no yo sola quienes sufrimos el soberano tostón), vendedores de alfombras, comerciales de diversas firmas...
Resumiendo: nombradme cualquier gremio y yo encontraré, al menos, un caso en el que uno de sus miembros me haya dado el coñazo a base de bien. Qué aburrimiento, de verdad.
Aunque, quizá, la situación más surrealista la viví en un trayecto nocturno Madrid-Almuñécar, cuando un bigotudo decidió emplear las tropemil horas de obligada inmovilidad explicándome la técnica de leer el pensamiento mirándole el cogote a la gente. Tócate los cojones. Creí que me daba algo. Lástima que no vengan los autobuses equipados con asientos eyectores para huir o, aún mejor, lanzar al cansino grillado de turno a tomar por culo.
Encima, como no se puede salir indemne de turras semejantes, desde entonces (y ya ha llovido) he contemplado centenares de cogotes, peludos y pelados, con algo de curiosidad y mi mentes se ha llenado de pensamientos absurdos... los míos, que ya sabéis que no estoy yo muy católica.
Menos mal que no me ha dado también por fundar congregaciones (o grupos de investigación, que alguna sugerencia ha habido), dedicarme a la cría del tordo o montar un estudio de arquitectura ecológica post transvanguardista, apoyar a la comunidad gitana brasileña (¿jaaaaarl?), fabricar tooodas las especies del Kalahari en papel, para montar un safari origami (¡socorrooooooo!) o buscar agua en plan zahorí, en vez de beberla embotellada, unirme a la "sociedade dos amigos das vacas mortas" (no recuerdo si se escribía así, cero en gallego), que todo esto (y más cosas) me han cascado en algún momento, aunque puede que no os lo creáis.
Bueno, vale, ya sé lo que estáis pensando: que puedo poner cara de mala leche enorme cuando el pedorro de turno empiece su perorata, mandarle directamente a la mierda o contraatacar con charlas más plúmbeas si cabe, que no me falta material para hacerlo...
... O peor, que se sienten atraídos por mí porque soy tan coñazo como ellos y que de qué me extraño... Seréis cabrones.
Pues tal vez tengáis razón pero, sea cual sea vuestra opinión (recapitulando: me dan la brasa porque les dejo, me la dan porque yo misma soy una brasas), no pensaréis lo mismo cuando queráis soltarle el rollo a alguien y sólo yo os escuche.
Yo, en cambio, suspiraré de forma casi inaudible y pensaré lo de siempre: que esto es un estrés y un sinvivir.

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