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jueves, 5 de enero de 2012

La Nochevieja, revieja

Ya sé que esperáis una entrada sobre la carta a los Reyes Magos, pero esa la dejo para otro día, que esta semana estoy en plan vago y llevo ya unos cuantos eventos navideños de retraso. Ahora mismo, mientras veo en la tele la cabalgata y zuufro porque no he ido a recoger caramelos sin gluten al Paseo de Recoletos, estoy dándole al coco para poner en orden mis borrosos recuerdos de Nochevieja, cosa que, por otra parte, tiene bastante mérito porque, a ver, ¿vosotros os acordáis de lo que hicísteis el sábado por la noche? ¿Que sí? Amos, anda, ya será menos. Y no lo digo porque la barra libre tiene un efecto bastante negativo sobre nuestra memoria a medio plazo, sino porque hay cosas que no sabe una muy bien si merece la pena recordar...
Por ejemplo ¿es conveniente recordar cómo, antes de la cena, hiciste el trenecito por la casa con la complicidad de tu cuñada, mientras extrañas voces clamaban "que se acaba el caaaaaaaavaaaaa"? Y sólo eran las nueve...
¿Y qué decir cuando, atónita, compruebas que todo el mundo anda ya medio bolinga desde la una de la tarde, mientras que tú, con eso de tener que conducir, ni una Fanta de Mirinda te has echado al gaznate? Te sientes como fuera de lugar, pero eso no es lo peor. Lo realmente horrible es que, en vez de sacar el dedo admonitorio para sermonear convenientemente a toda la parentela, te mueres de envidia cochina por no haber podido participar en los prolegómenos. Y es que no se puede estar en todas partes a la vez. Snif.
En fin que, como rezagada que vas, decides alcanzar al pelotón con la complicidad de cierta botella de cava que te mira desde su cubitera haciendo "asín" con el dedito ("venpacáhermoooooooosa") y que pone todo su empeño en ayudarte en tus carencias. Qué maja.
Luego, ya os podéis imaginar la cena: "apenas nada" de comidita en la mesa, que temo que mis pobres sobrinas van a necesitar cincuenta y ocho días y medio para acabar con los restos. Ahí, todos como posesos (gromfle, gromfle, qué rico, ñam), poniéndonos hasta las asas de todo aunque, eso sí, haciéndonos los finos con todo un despliegue de copas y cubiertos, que parece que, en vez de la panda de glotones de siempre, somos una gente muy de la jet.
Luego toca la historia de las uvas, que si retransmitidas por la Pantoja, la Igartiburu o el ministro de Fomento... al final se impone la cordura y se ven donde siempre, que ya nos conocemos la parafernalia. Lo malo es que, con eso de la crisis, las latitas de uvas vienen más cargadas y hay que hacer un conteo. Algunos, los suertudos, tienen sólo 14 ó 15 uvas, pero mi bote lleva 19 y me estoy poniendo perdida con el almíbar. Menos mal que no me ha dado por vestirme de gala, vaya una faena que sería irme luego a la fiesta con el vasar reluciente de pringue...
Como de costumbre, la discusión en torno a si la bola suena "tolontolontolon", los cuartos "dingdong dingdong dingdong dingdong" y las genuínas campanadas "boing boing boing y así sucesivamente". Y yo me pregunto: si son capaces de ralentizar el sistema para que nos dé tiempo a tragarnos una uva de las gordas y con pepitas con cada campanada, ¿ no van a ser capaces de quitar todos esos ruidillos accesorios que no hacen más que liarnos? Pues claro que sí, pero entonces ¿de qué coño iban a hablar los que hacen la retransmisión? ¿Del tiempo, como cuando subes en el ascensor con un desconocido? Imaginaos a Anne Igartiburu y José Mota diciendo "pues parece que va a hacer frío esta noche", "nooo, qué vaaa, ya verás como no" "pues el año pasado hizo una rasca tremenda" "pues éste no" "eh, tú, que ya empiezan" y el reloj "boing, boing, boing, boing... hasta doce". Con la historia de las campanitas tienen para media hora de transmisión y otra media nosotros, recordando aquel año y aquella presentadora que se hizo un lío y, pese a que todo sigue siendo igual desde hace cincuenta años, nos lo hizo a todos los españoles.
Luego llegan los besitos, los champagnes, los cohetes y todo el mundo calentando motores para salir pispando rumbo a las diferentes fiestas. Que no sé yo para qué tanta prisa, de verdad, si no se va a acabar el cotillón. Ah, ¿que lo que os preocupa que se acabe es el bebercio, no los matasuegras, serpentinas, globitos y demás mariconadas? Y yo viviendo en la ignorancia...
En fin, que llegas a tu fiestecilla de turno ya medio atufada y, la primera en la frente, descubres que no puedes ponerte el antifaz por culpa de las gafas. ¿Y para esto he pagado yo unos cuantos euros? Al final te colocas sólo el collar hawaiano o como se escriba, que es por lo que vas a reconocer, por la mañana, al que estuvo de fiesta. ¿Por qué collares hawaianos? ¿No sería mejor una ristra de ajos? Con eso podrías auyentar a unos cuantos moscones... Y ahondando en el asunto, ¿por qué un gorrito puntiagudo? Luego te vas dando con los marcos de las puertas cada vez que vas a hacer pis. Yo creo que una txapela de cartulina resultaría más cómoda y podrías aguantar con ella puesta toda la noche.
Total, que el cotillón no te vale para mucho, porque el confetti lo tiras según abres la bolsa, el globito te lo explota algún listo, el antifaz no puedes ponértelo, el gorro se te queda enganchado en la puerta del lavabo, el matasuegras, del primer soplido, te lo cargas y se queda torcido para un lado, ocasionando los consabidos chistes sobre "si lo tienes o no torcido hacia la izquierda" y tal...
Vamos, que la noche podría, muy bien, ser igual que todas las Nocheviejas de toda la vida, si no llega a ser por uno de los colegas que, consciente de lo penoso que es caer en la total monotonía, decide romperla metiéndose en una pista de frenado camino de la fiesta. Ahí hay que ir a buscarle, sumergido, como está, hasta las orejas en una piscina de grava, haciendo tachuelas (porque sí hace frío) y calculando que, al precio del cotillón, tiene que añadirle el de la grúa y, además, soportar el cachondeíto durante varios días. Porque, con la mano en el corazón, ¿vosotros os estaríais calladitos, sin decir nada, después de ver a uno de vuestros colegas haciendo largos en gravilla? Yo, desde luego, no.
Pues ni eso puede poner fin a la juerga; con la pista de baile pringosa y llena de gente en diversos niveles de txuzez, ahí seguimos, visitando por igual la barra y el baño, haciendo el merluzo, como el año pasado, como siempre, con los pies hechos papilla de los tacones, que ya podíamos haber aprendido y no, no lo hemos hecho; con la goma del gorrito clavándosenos en la papada, con las orejas llenas de escarcha, porque hay que salir a la calle a fumar, haciendo los mil veces repetidos chistes respecto a los churros y cómo mojarlos en el chocolate; bostezando, con la lengua que se nos traba ya, no sabemos muy bien por qué... Recibiendo el 2012 como lo hicimos con el 2011, el 2010 y así hacia atrás hasta los ochenta, en que empezamos a asistir a nuestras fiestas.
Llegas a casa con una tajada como un piano y las orejas atronadas, tosiendo, porque te has agarrado un pasmo de tanto salir a fumar, con un dolor de pies digno de incluirse en el Guiness (o eso es la cerveza) y te levantas con la cabeza hecha un bombo y teniendo que acudir a una nueva comida familiar, cuando lo que quieres es quedarte en la cama, con la única compañía de un buen puñado de aspirinas. En fin, como siempre. Golfante.
Lo malo es que, si tienen razón los aztecas y se acaba el mundo el próximo 21 de diciembre, nos quedaremos sin la próxima fiesta de Nochevieja y eso (y no el resacón enorme) sí que puede ser un estrés y un sinvivir.

7 comentarios:

  1. Los de pueblo es que no aprendéis. Aquí en la ciudad, como de verdad SÍ que hace frío, a una cierta edad, ya tenemos todos casa, y sólo hay que decidir a cuál se va, cosa importante porque tiene que asegurar alcohol en cantidad y que a la mañana siguiente no le va a dar un derrame de verlo todo así, derramado. A mí me toca siempre, por aquello de que tengo a la niña, y aquí se viene todo el mundo, a bailar vídeos del youtube de los años ochenta. Os recomiendo vivamente el de Londonbeat "I" ll be thinking about you", que los cardados os van a poner en órbita.
    Feliz año nuevo a todos.

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  2. Pues yo tuve un encontronazo el sábado a medio día con el del supermercado, que me dejó colgada sin latitas de uvas, y tuve que comprar de las de toda la vida de Dios, pero como ya estamos todos muy finolis, me vi obligada (sí, sí, obligada, bajo amenazas, eh) a pelar 48 frutitos, incluso intenté quitarles los pites, pero eso ya fue demasiado, se me deshacían en un caldo pringante, que no vea usted. Menos mal que como ya soy viejita, monté una cena en mi casa para mi casto y mis dos hijos, y punto, que si me llega a pillar de joven, con 20 ó 30 personas en casa, les pela las uvas su abuela.
    Por el mismo motivo (el de la vejestud) después de que mis retoños se piraran a sus fiestas respectivas, nos, mi esposo et moi, nos dedicamos a bebernos todo lo que nos encontramos en el entorno, y terminamos a las tres y pico durmiéndonos en un sillón mientras veíamos "Asesinato en el Orient Express". Tan ricamente.
    Oye, la cosa resultó entretenida, y al día siguiente acudimos a comer con la familia sin el dolorcillo de cabeza ése que comentas.
    En fin, total ausencia de estrés, aunque esto ya de por sí sea un auténtico sinvivir.
    Muaka, besos para todos y feliz 2012.

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  3. Veo que las fiestuquis por ahí han sido de lo más comedido y, si bien me alegro por vosotras, no está nada bien lo de ceder a la "vejestud", que luego todo se sabe y sales en las coplas...
    Lo de pelar las 48 uvas sí que me parece un estrés y un sinvivir, sobre todo porque, en aquellos tiempos en que yo hacía lo propio con las mías, acababa con los dedos llenos de pringue y, encima, tenía que abrirlas por un lado para sacarles los pites, con lo que parecían cualquier cosa menos uvas. Para eso, nuestra sobrina postiza, que un año se comió 12 trozos de turrón de chocolate, porque no le gustaban las uvas. Qué cosas.
    Feliz 2012, fermosas.

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  4. Mucho peor habría sido comerse 12 polvorones, que conste (en acta), o ya puestos, doce bocadillos de bacon, sobre todo (o gabar dina) porque hay que acometer este ritual después de haber cenado copiosamente... jeje

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  5. Pues no te creas que no molaría lo de los polvorones, para una de esas apuestas que tanto gustan a tu primogénito. Chascarse doce polvorones al ritmo de las campanadas y luego gritar ¡¡¡Zaragozaaaaa!!! Seguro que el Taber se llevaba el premio.

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  6. En Zaragoza con los polvorones se dice "Pamplona", queridas.

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  7. Pero "Pamplona" (preferiblemente con la lengua pegada al paladar) es para cuando estás bebiendo algo. "Zaragoza" (o silbar) es para los polvorones. Porque si, mientras estás echando un trago al porrón dices "Guadalajara" o te ahogas directamente, o parece que estás haciendo gárgaras y da un poco de asco...

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