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martes, 24 de enero de 2012

¿Leyendas urbanas? ¡Verdades verdaderas!

¿Se os ha ocurrido pensar que las leyendas urbanas - sí, hombre, las historietas que nos contaban en los campamentos y luego nos cagábamos vivas - podían ser absolutamente ciertas y nosotros aquí, viviendo en la ignorancia? Probablemente no, porque este tipo de gilipolleces sólo se me suele ocurrir a mí, pero es que, últimamente, viajo más en transporte público, con eso de que la gasolina es "pelín" cara y claro, cuando se me olvida llevar un libro en algo me tengo que entretener, que no me gusta hacer punto y si me duermo, lo mismo me paso de parada o acojono al resto de los pasajeros con mis estentóreos ronquidos (algunos han llegado a creer que los dinosaurios han vuelto, pero eso sí que es puritita ficción).
En fin, que creo que no tenéis suficiente información sobre este punto y luego correréis horribles peligros y la culpa será mía por no haberos abierto los ojos. Así que, para evitarme el cargo de conciencia si se os come un bicho, ahí van estos breves avisos.
Por ejemplo, ¿os acordáis de la muerta de la curva? Pues sigue viva, sólo que ha sido suplantada por unas señales de tráfico igualmente tétricas, pero sin vestidito vaporoso. Fijaos bien: cuando, en la carretera, veáis en el mismo palito una señal de curva peligrosa y otra de límite de velocidad a, por ejemplo, 80 por hora, lo que estáis viendo, en realidad, es a la pobre muerta. Se hartó de que nadie parara, que no están los tiempos para recoger autoestopistas en camisón y ha mutado en aviso de tráfico. Pero el mensaje adoctrinador y la esencia de la historia siguen siendo los mismos: "ojito con la curva, que ahí me esmorruñé yo". Lo único que realmente ha cambiado es que, si ves a unos guardias civiles y les cuentas la historia, ellos no te enseñan una foto de la susodicha y te preguntan si la conoces, todo lo más te dicen "¿tas tonta o qué?". Porque la foto ya la tienes en el libro de la autoescuela. ¿Que no lo conservas? Ah, se siente.
¿Qué decir del amigo del amigo - todos tienen alguno, menos yo - que se levantó en una bañera llena de hielos y tuvo que llamar a un número de teléfono que estaba pegado en el espejo, para que fuera a buscarle el Samur, porque le habían robado los riñones, parte del colon y tres dedos de un pie? Vosotros probad a abrir una bolsa de hielos, de las que se guardan en el congelador de la peña, a eso de las cuatro de la mañana: todos los cubitos se han pegado en un bloque con forma innombrable (un riñón, un higadillo... pero de hielo) y cuando intentas, muy hábilmente, darle testarazos contra las paredes, para que se separen y poder echártelos en el vaso, la bolsa se revienta y todos los hielitos salen disparados por ahí. Pues así se despertó realmente el amigo aquel, aunque no habló con ninguna señorita que le dijo que se mirara la espalda a ver si tenía agujeros, sino con sus colegas, que le dijeron "¿sigues tando tonta o qué? ¡Era la última bolsa!". Ahora te toca tomarte el resto de los cubatas calientes y aguantar la bronca por torpe, que es casi lo mismo que le pasó al chico, por irse con desconocidas. Ah, se vuelve a sentir.
Lo mismo pasa con la historieta de la señora que se puso una mascarilla de pepino y le provocó un infarto a un pobre ladrón que lo único que quería era desvalijarle la casa (qué maaaaalaaaa...). Pues teníais que verme a mí la cara las madrugadas del sábado al domingo, cuando vuelvo de juerga y estoy intentando lavarme los dientes sin meterme el cepillo por la oreja, antes de irme a la piltra. Cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse conmigo por el pasillo corre el riesgo de morir de un patatús. Sobre todo porque he adquirido la mala costumbre de saludar con un mugido (pero eso ya os lo conté hace tiempo en mi entrada sobre vacas). "¿Tas chalada o qué? ¡Vaya susto me has pegado!", me dicen. Ah, se siente de nuevo.
Podría seguir así durante siglos, demostrando que las leyendas urbanas son todas ciertas y su desconocimiento nos pone a todos en grave peligro. Pero como ya me está entrando sueño, os contaré la última y ya vale. ¿Habéis oído la de la casa de una chica que se pasaba el día jugando a la ouija, donde los muebles se movían solos? Pues pasa lo mismo en la mía, que la lavadora pega unos saltos cuando pongo colada de toallas que lo flipas. He pasado años creyendo que la culpa era mía, por cargar demasiado el tambor, pero estaba equivocada, eran los espíritus. Pero nadie me cree. Snif ("¿Tas chiflada o qué? ¡Para ya de una vez esa lavadora, que se te va a escapar!).
En fin, creo que nos arriesgamos a cosas "hododosas" por no aprender de los sabios consejos que nos proporcionan las leyendas urbanas. Así nos luce el pelo luego, que nos multan en las curvas, nos ponen los cubatas calientes, nos mugen por los pasillos y no encontramos toallas limpias para secarnos el culo. Luego nos quejamos de que todo es un estrés y un sinvivir...

2 comentarios:

  1. Muuuy bueno, me parto!!! Sobre todo lo de mugir por los pasillos, que ya me lo hacen en el Archivo, que no me dicen buenos días cuando llego ni nada de nada, solo "muuuu" y que el otro día lo hizo Lucía cuando llegó al cole, y su padre muerto de risa le explicó que éso sólo se hace en casa, como lo de decir "lo hi pagao" cuando se juega al monopoly y se pone un hotel y la banca no te lo da porque se le olvida.... Para leyenda urbana la de la señora del moño que lleva el dinero dentro del ídem...
    Anda, Elenita hija, mira a ver si escribes algo más que nos reímos mucho y con la que está cayendo éso y la cerveza será lo único que lo alivie. Muuuuuu.

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  2. Si ya sabía yo que lo de las vacas no podía traer nada bueno... Al final será la pobre Lucía la que se lleve la bronca por mugir por los pasillos. Qué lástima.
    La historia del moño es buena, pero a mí me gusta más esa del que fumaba en el váter y como su mujer había limpiado con alcohol y luego lo había tirado por el ídem, cuando fue a apagar el cigarrillo se quemó los huevos...
    Pues nada, a ver si se me ocurren más cosas, que últimamente estoy un poco en dique seco y eso "no pué ser".

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