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martes, 23 de noviembre de 2010

¿Otro libro? ¡Pero si no hay sitio!

Como de costumbre, intitulo mi entrada nueva con una frase lapidaria porque, a ver, con la mano en el corazón: ¿Quién no ha escuchado esta obviedad unos cuantos miles de veces en su vida?
Nuestras madres, unas santas ellas, la tenían en su registro habitual, junto con otras nada despreciables como "me vais a quitar la vida", "porque te lo digo yo, que soy tu madre" y "recoge tu cuarto, que parece una leonera". Aunque, quizá, la que más hayamos sufrido todos es la de "¿qué horas son éstas de venir?".
Bueno, creo que me estoy desviando del tema de hoy, el tesauro para madres lo dejaré para otro día, que ahora me da la risa...
He sostenido toda la vida, sostengo y sostendré, per saecula, que no tener sitio para guardar un libro no es motivo para no tenerlo, sino una excusa que utilizan los copardes y aquéllos a los que no les gusta leer para tener el saloncito de su casa más bonito que un San Luis con refajo nuevo y ponernos a todos los dientes largos cuando vemos el nuestro, que los libros no caben en las estanterías y se agrupan en montones por el suelo, el techo, las paredes y la cisterna del váter. Pa eso, ole la polla de mi hemmana, que tiene hasta un revistero... en el váter, así no se le mojan los libros.
La librera a la que siempre voy me dijo en una ocasión que tenía unos cincuenta mil libros (jaaarl), pero no en la tienda, sino en su casa y que, ciertamente, a veces se angustiaba un poco, cuando no podía ni meterse en la cama sin tener que quitar antes la Enciclopedia Británica de encima. Imaginad que queréis echar un polvo y tenéis que levantar cuatrocientos volúmenes de a cinco kilos cada uno, como que se te quitan las ganas. Porque, para colmo, ella no es como yo, que le vale cualquier cosa que sea divertida, no: a ella le molan los diccionarios, imaginad, tropemil volúmenes, tochos enormes y, además, la espada de Damocles pendiendo sobre tí constantemente: ¿Sacarán un nuevo volumen de apéndices, no, podió podió, que se me hunde el piso?
Comparada con la suya, mi biblioteca es una caca de la vaca pero, de verdad, con unos tres mil ya me muero, no sé cómo imaginarme cincuenta mil en hileras, en montones, bajo el sofá (mi fantasma estaría encantado), en el tendedero, en dramático equilibrio... todo para que, siempresiempresiempre, el que necesites esté en la fila de atrás de la estantería más alejada, o en la parte de abajo de un montón de unos veinticinco y se te caiga todo en los pies mientras lo mueves. Uséase, que tampoco es tan pequeña mi biblioteca.
Encima, con los tiempos que corren, seguro que ya os habéis dado cuenta que es más barato pillar un libro que salir una tarde y que, si te dosificas, te da para todo el fin de semana (no siempre, pero vosotros intentadlo, todo sea por el ahorro), con lo que puedes llegar a fin de mes un poco menos agobiada si te compras un buen libraco que si te tomas unas cañas que, como ya dije el otro día ("decíamos ayer") aunque quieras una sola, acaban siendo tropecientas.
Bueno, pues todo este rollo tiene también otro lado malo: no sólo el problema de buscar el tomo que quieres, sino la mierda que se acumula en derredor. Sacas uno de la estantería y le tienes que pegar un resoplío, porque parece que los has recuperado de un yacimiento arqueológico en Egipto. Coges uno del suelo y, por un horrible momento, crees que hay ratones en la casa (iiiiiiiiiiiiih), pero no, son enoooooormes pelusas que se forman entre los montones (claro, entre que no cabe la aspiradora y, además, no la pasas nunca, so gorrina...). Vas a pillar el siguiente y, entre medias, aparece, sí, ¡un calcetín! ¡Pero no es tuyo! ¡Coño! Y eso si tienes suerte, a veces sale un cruasán a medio comer... Creo que estoy dando demasiados detalles.
Es terrible, pero el problema no tiene solución. Tener cerca una librería es un infierno, porque todos los días puedes babear convenientemente delante del escaparate. Item más, que decían antes, cuando te conocen, los de dentro te saludan diciendo "uuuuuuh, uuuuuuuh, uuuuuuúnete a nosoooooootros". Y da igual que no tengas pasta, porque siempre te lían con la historia esa de "mujer, pues ya me lo pagarás, que no se me va a olvidar". Ya te digo, ojalá se le olvidara, porque siempre picas en ese truco de mierda, viejo y barato pero, joder, qué efectivo. Al final acabas teniendo cuenta en una librería, qué fuerte. ¿Os imagináis? "Ponme en la cuenta Los hombres que no amaban a las mujeres, anda, que aún no he cobrado". "¿Te debo algo de este mes? Sí, las obras completas de Nicanor Parra". Alucinante.
A esto hay que añadir que luego llegan los cumpleaños, Navidades y demás eventos y, pa qué complicarse la vida, cuando abres los paquetes, todos son libros. Cierto que los pediste tú, en el pecado llevas la penitencia... Y los montones crecen y crecen y siguen creciendo. Yo espero a ver qué pasará cuando lleguen al techo, supongo que empezaré otros, pero me encantaría poder hacer un agujerillo y seguir hacia arriba. Creo que el vecino no estará muy de acuerdo. Snif.
Pero, qué queréis que os diga, me molan mis librillos, aunque me agobie cuando los veo amenazándome con caer sobre mí, cuando no encuentro el que busco y tengo que acabar por leerme un coñazo, cuando pienso en lo poquito que ocupa un e-book... sigo queriendo mis polvorientos ladrillacos. No tenerlos cerca sí que sería un estrés y un sinvivir.

7 comentarios:

  1. Es un virus, contagioso y espeluznante. Cuando te gustan los libros, como cuando te gustan los bombones, te gusta que te los regalen y también, por supuesto, te gusta regalarlos; siempre das con alguno para aquél al que no le gusta en exceso leer y poco a poco este grupo se va haciendo más pequeño, donde regalaste un tebeo, al cabo de unos años ya puedes depositar un libraco bien gordo, ya sabes lo que pasa, las diversas madres de los implicados, tan contentas, cada vez más kk y más trastos porque los libros, a no ser que los prestes y no te los devuelvan (sé bastante de esto, por desgracia), no se gastan, es más yo creo que se reproducen y hay veces que paren otros en edición de bolsillo o en otro idioma para que puedas formar familias y grupitos con ellos. Algunos de éstos vienen cuando sales a comprar un regalo, inevitablemente se te pegan a las manos uno para el del cumpleaños, otro para ti y otro para el lector compulsivo que vive en tu casa, sea padre, hijo o cónyuge, aunque esté pasando una temporada fuera...
    ¡Qué bien! cuando yo era hija no tenía en cuenta lo que iba a sufrir cuando fuera madre... (el término sufrir es un poco exagerado, vale), pero ¡qué coño! para mí también sería un estrés y un sinvivir no poder decirme de vez en cuando, ¿y ahora qué me leo?, uy no me apetece ninguno, voy a comprarme otro.

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  2. Tienes razón en eso de que se reproducen y forman familias sin que tú te des cuenta de ello. No sé cuántas ediciones diferentes y en cuántos idiomas tengo, por ejemplo, de Harry Potter o El Señor de los Anillos. ¿Y qué decir de mi Astérix en euskera, gran tesoro que nunca he podido leer? Cada vez que hay un cumpleaños, me echo a temblar, porque sé que, al ir a comprar el libro de turno, me pillaré alguno para mi y lo recibiré con todos los honores...

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  3. Otro problema distinto es cuando le tienes que pedir permiso para sentarte a un montoncito de libros que está pernoctando (o perdiando) en tu sillón... los hay que se ofenden por nada y de ninguna de las maneras quieren evacuar... de ahí que, tú, te tengas que ir a evacuar y por eso recomiendo tener un revistero en el váter, aunque no renuevo el relleno con mucha frecuencia y a veces me tengo que leer la parte de atrás del frasco de champú.
    Oj, qué estrés y qué sinvivir.

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  4. Tienes razón, oh hermana entre las hermanas. Yo he aprendido a ser educada con ellos, les ruego, amablemente, que dejen un espacio para mis cansadas nalgas. Pero algunos no me obedecen. De ahí que haya optado por sentarme encima de ellos como se pongan respondones. Así, van huyendo hacia las junturas entre los cojines del sofá y he dado lugar a un nuevo punto de reunión ahí, donde disfrutan, en amable compañía, de la relación con migas de pan viejas, algún palillo y esas monedas que siempre se te escurren de los bolsillos de mierda que tienen ahora los pantalones de chica, que parece siempre que llevas en ellos un juego de petanca y eso sí que es un estrés y un sinvivir...

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  5. Yo tengo que decir que no soy mucho de comprar libros, la verdad. Pero mi señorito no hay día que no venga con uno, de manera que los conozco poco a poco cuando los veo en la estantería o en la mesilla o en el baño. "Anda, mira que majo, y ésto cómo ha llegado aquí?". Así que no sé cuántos libros hay en casa, y otros muchos en el despacho del hospital que sirve de trastero, pero que cuando vas a coger uno está en el fondo de la estantería y no lo pillas sin estornudar de polvo es una verdad como una catedral.
    También sé que cuando llega la factura de la Casa del Libro me la esconden.... Ya me juré a mí misma no discutir por este asunto, así que no sé porqué no me cuentan la pasta gansa que se gastan en libros...
    Porque en mi casa Lucía apunta a Jesús, la bruja, se van los dos a la librería y el otro le compra ediciones alucinantes de Cenicienta o de otros cuentos cuentos, y viene la pequeña emocionada de libros pops que se abren en palacios y vestidos.... Tener una hija igualita que su padre, eso sí que es un estrés y un sinvivir....

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  6. Ah! Y la de "porque te lo digo yo que soy tu madre" exige una entrada en el blog pero ya.

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  7. Ambos comentarios esconden verdades como templos... Ya se sabe que "siempre es bueno que haya niños" para poder echarles la culpa, así que ándate con ojo, no vayan a embargar a la Luchi por la cuenta de la Casa del Libro.
    En cuanto a la entrada sobre el folklores materno, tendrá un lugar en este blog, palabrita, porque éso sí que es un estrés y un sinvivir.

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