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miércoles, 29 de septiembre de 2010

¿Lo mío tiene arreglo?

Debo reconocer que la expresión no es mía, sino de una gran amiga. La soltó, con la naturalidad que le caracteriza, durante una conversación telefónica: "Bueno, me voy a arreglar... si es que lo mío tiene arreglo".
He recordado muchas veces esta frase lapidaria y creo que puedo aplicármela sin ningún género de dudas. A lo mejor por eso mismo hace años que no me arreglo y sólo gracias a mi belleza sobrehumana, que podéis apreciar en la foto, no me echan a escobazos de los lugares públicos.
Sinceramente, arreglarse es un coñazo. En mi caso, tras tropecientas horas de cuidadosa selección de vestuario y complementos y otras ocho mil de alicatado hasta el techo, al mirarme al espejo me veo hecha una mamarracha.
Por ejemplo, odio las faldas y los vestidos desde mi más tierna infancia. Por una parte, creo que se debe al uniforme del colegio y al afán de mi madre porque me durara varios lustros. Me estaba tan largo que, hasta los catorce años, no descubrí que tenía piernas. Y claro, descubrir tus piernas a los catorce significa que, cuando te las encuentras, ¡son peludas! ¡Hala, a darle a la maquineja ésa que los arranca y que, además, te pega unos pellizcos que lo flipas y hace un ruido que te cagas!
Otro motivo para odiar las faldas era que, a la hora de hacer volteretas, siempre se te ven las bragas, con el consiguiente cachondeíto de los amiguetes varones. Claro que, si eres lo suficientemente hábil, puedes dar las volteretas laterales con una sola mano, mientras con la otra te sujetas las sayas, pero, como podéis imaginaros, no era mi caso. Algunas amigas mías llevaban unos pantalones cortos debajo de la falda para prever esta contingencia pero, ya puestos ¿por qué no ponerte, además, debajo, un traje de alcarreña, como decía mi concuñado? Así sólo tienes que ir quitándote capas según las circunstancias.
Descartadas las faldas por todos estos motivos, las opciones de ponerse una bella van disminuyendo a una velocidad de vértigo, claro está. Cierto que hay pantalones monísimos y divinos de la muerte, pero, a qué negarlo, cuando una es, como yo, "de natural frondoso" (forma fina de decir gorda), no quedan igual de bien. Intentad imaginaros un triquini, de los que ahora están de moda, en una talla 52 (que no es la mía, tampoco hay que exagerar)... pues eso, una birria.
Al final, te apañas con los vaqueros, que son muy socorridos y decides adoptar eso que llaman el "look casual", que es la forma fisna de decir que no te apetece ponerte elegante.
Como ya dediqué una entrada a mis camisetas, creo que podéis deducir vosotros mismos el siguiente paso en mi proceso de "guapeamiento". Y si no la habéis leído, ¿qué hacéis? ¿Acaso no seguís el blog en orden? Qué desastre...
A continuación toca decidir si medias o calcetines. En mi caso, todavía no he conseguido ponerme a la primera unas medias sin hacerles una carrera que ni la de San Jerónimo. Mi hermana, en mis años de adolescente, me aconsejó frenarlas con esmalte de uñas. Así, si conseguías detenerla antes de alcanzar la zona visible (para mí, el empeine, no más), te valían para más de una vez. El resultado era que siempre tenía los pies pringosos del puto esmalte y, cuando me las quería quitar, se me habían quedado pegadas a los pies. Hala, venga, con la monada de calcetines que hay ahora en el mercado, tan cantosos que parece que, de cintura para abajo, eres la prima de Arlequín, ése de los carnavales. Pero bueno, al menos es más cómodo. Además, como no me pinto las uñas, porque me las dejaba todas chafadas y llenas de migas de patatas fritas, no tengo esmalte para estas labores de restauración.
¿Y qué me decís del maquillaje? Pues otro tanto. Tras largas horas seleccionando rímel, raya de ojos, colorete y barra de labios, al verme en el espejo me devolvía la mirada la cuñada hortera de Jessica Rabbit. Encima, con lo dada que soy a rascarme los ojos, a mitad de la noche era como si me hubieran dado un puñetazo. Conclusión, que se pinte su abuela. Además, me evito que, si un día no puedo maquillarme, me digan los colegas la originalísima frase "qué cara de muerto tienes hoy, chica".
De esta forma, me queda mucho tiempo para poder arreglarme el pelo... jajá. Ya habéis visto en la foto que mis largas guedejas rubias son un bulo que os han ido contando por ahí. Para eso estoy yo aquí, para desmentir esos rumores. Dado que tengo dos remolinos en la coronilla, uno en el cogote y otro donde antaño hubo un flequillo, ¿para qué voy a dedicar tiempo a peinarme, si me va a dar igual?
Como podéis ver, resuelvo la cuestión tan rápidamente que puedo dedicarme horas bisiestas a elegir el último detalle de mis complementos: los zapatos.
Yo creo que no existe en Madrid calle que no haya tenido que recorrer descalza tras haber asistido a cualquier festejo (bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, inauguraciones varias...) con zapatos de tacón. Lo reconozco, tengo los pies de la princesa del guisante... o tengo un guisante en el zapato, no lo sé bien. El caso es que cualquier cosa que no sean las más muelles pantuflas me deja las patas hechas cisco.
Consciente de ello, a lo largo de los años me he hecho una magnífica colección, que invade la casa, por cierto, de zapatillas deportivas, zapatos planitos, chancletas  y demás, todo blandito, comodísimo y, por supuesto, nada elegante. Se puede decir que soy como Imelda Marcos, pero en macarra. Busco unas que sean lo suficientemente llamativas, para que parezca que las uso de puritito rebelde que soy y ya está.
En conclusión: prepararme para salir me ha llevado unos diez minutillos. Me echo un poco de colonia en las orejas y lista.
Porque, reconocedlo conmigo, tener que arreglarte, incluso si lo tuyo tiene arreglo, para salir por ahí, es un estrés y un sinvivir.

5 comentarios:

  1. Eso debe de explicar la facha de pordiosera que llevas siempre a cuestas(sin ánimo de ofender). Creo que el premio Nobel a la mendicidad no es este año, pero cruzaré los dedos juajuajua.
    cierto es que tiene usted toda la razón aunque uno es tan wapo que tiene que tirarse horas y horas frente al espejo...qué estres y que sinvivir

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  2. Efectivamente, caballero, a eso se debe y no a otra cosa. Pero todavía no se ha creado esa línea de nobeles, es una lástima.
    Como somos tan bellos, nuestra sobrehumana galanura familiar nos permite ir hechos unos zorros y, a la vez, presentar un aspecto regio y sencillo, a la par que elegante. Que de casta le viene al galgo...

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  3. Ya sé que en esta familia somos todos así de wapos pero a mí me gusta pasarme todos los días media hora arreglándome, me cuesta menos que limpiar el vómito que arrojo al espejo si no lo hago.
    Aunque la cuenta es de Cubi, yo soy la Mari.

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  4. Algo había sospechado, porque Padre me habría hecho un comentario bastante más soez.
    Te voy a hacer a tí también una camiseta que ponga "mi autoestima está por debajo de cero coma". Pero si he convencido a todos mis colegas de que tienes en casa un cuadro que envejece por tí. Fíjate que, aun siendo mi belleza sobrehumana, muchos creían que soy la mayor...

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  5. Tenga o no tenga arreglo lo nuestro, la verdad es que todo lo que tenía que arreglarme se quedó en los 25, edad a la que dejé de pintarme. O sea, que iba pintada como una puerta cuando no me hacía ninguna falta, ya que a los 20 años ni el diablo es feo, y ahora que voy por la posta camino de los 40 no me pinto ni para los eventos, principalmente porque luego hay que despintarse! Sí, queridos, el mayor trabajo no es el darse crema hidratante, colorete, base de maquillaje, sombras variadas hasta tres, rímel, etcétera, sino que luego, cuando llegas a casa medio muerta del acto social del que vienes, no basta con encontrarte toda la cama llena de los restos de la batalla del "qué me pongo" sino que hay que sacar la leche desmaquillante y arrastrar todo el pinturete por el klínex o la toallita correspondiente.
    Luego tenemos dos opciones: la de "qué guapas estás con un poco que te pintes", que nunca te has pintado un poco, o también "qué rara se te ve hoy, qué te has hecho" que suele ser la más habitual.
    Yo debe hacer, como digo, 15 años que no me pinto. Y como en 15 años he ido a tres bodas, diré que me he pintado tres veces y asunto arreglado. Lo de los tacones es un insulto a mis amigos, porque no mido un metro ochenta de milagro, de lo que los tacones me da un dolor de espalda espantoso bajando la cabeza a ver qué coño me dicen. Y lo de las faldas....! Ya no las hacen de mi talla, porque yo sí que tengo una 52!!!
    Además, por mucho que se empeñen Gisele Bündchen y otras de sus amigas, las mujeres llega una edad en la que no tenemos físico: somos o no somos simpáticas, sabemos cocinar o no, aguantamos a los niños, propios o ajenos, o no. Y esos son todos nuestros encantos.
    Tengamos o no tengamos arreglo.

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