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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuidadín con el turrón...

No sé si a vosotros os pasará lo mismo, pero a mí, todos los años, cuando inicio mi intercambio de felicitaciones navideñas (una tiene su corazoncito y le molan esas cosas, qué se le va a hacer), alguno de mis colegas, ya sea via "christma" o SMS, me suelta aquello de "cuidadín con el turrón".
Parece un tópico, pero la frase tiene su miga, al menos en mi caso. Porque yo calculo que la última vez que comí turrón aún no habíamos cambiado de milenio. Cosa más empalagosa, el duro se te pega a las muelas, el blando chorrea, el de choco cruje, el de yema tostada debe ser medio alucinógeno y toda esa colección de extraños sabores con que nos bombardean los estantes del supermercado parecen diseñados por un sádico epiléptico. A lo mejor es a eso a lo que se refieren mis amigos cuando me dicen que tenga cuidadín, porque me quieren y no les gustaría verme empezar el año sin dientes, pringosa y desarrollando alguna alergia a un producto exótico de los que meten en las tabletas de diseño. La amistad es lo que tiene.
Pero su preocupación no tiene razón de ser porque, como podréis deducir del párrafo anterior, no me mola el turrón ni tres. Otra cosa son los polvorones (sí, ya sé, igual de empalagosos, sueltan migas y, cuando te comes uno, tardas hora y media en poder silbar y dos horas en poder decir "Zaragoza"... La diferencia estriba en que me gustan), pero nunca he recibido el consejo "cuidadín con los polvorones... o las marquesas... o el mazapán... o los bombones"... ni siquiera "cuidadín con el alajú", cosa que vendría bien para advertir a los incautos, porque un zambombazo en la cabeza con una barrita de alajú te lleva derecha a urgencias, seguro. Vivimos rodeados de peligros y los ignoramos, así nos luce el pelo (snif).
Bueno, que estoy divagando. Siguiendo con el turrón, resulta que, con eso de la crisis (y de que nadie me hace regalitos de ese tipo, para qué engañarnos), la exigua cesta navideña se ha visto reducida a un tarro de aceitunas sin hueso, una botella - pequeña- de sidra famosa en el mundo entero y cuatro o cinco tabletas de turrón. Yo las coloco juntas, a ver si se hacen amigas, y tengo la sensación de que confraternizan demasiado, porque, para el mes de marzo, en vez de cuatro o cinco, hay quince o veinte, todas de sabores repugnantes y una de nata y nueces, que siempre digo que es el único turrón que me gusta, pero nunca me lo como. Y es lógico, también me gustan las camisetas negras y nunca me he comido ninguna...
Con el paso de los años, el mueblecito de la cocina se ha ido llenando de tabletas de turrón que esperan, medio atemorizadas, medio expectantes, a ver qué hago con ellas. Y qué queréis que os diga, aunque me gustaran, ya no puedo comérmelas porque, a medida que va transcurriendo el tiempo, nos hemos hecho amigas (¿cómo te vas a comer a una amiga? Aunque algún conocido mío dice que tengo amigas que están para comérselas, pero esa es otra historia) y, además, ellas han caducado. Creo que las que están en la parte baja del montón, son del año 74. En mi peña hay gente más joven, coleguitas que nacieron cuando mis tabletas ya eran adultas. Es lo que tiene el tiempo, que transcurre para todos, seas humano o turrón.
Vamos que, aunque a veces lo piense, no puedo tirar una antigüedad así como así, de forma que he tenido que hacerles un sitio en mi casa y otro en mi corazón. Pero yo tengo el corazón muy grande, cabe mi familia, mis amigos y hasta mis turrones.
En los últimos tiempos, he descubierto una forma de aprovecharme de mis tabletillas: utilizarlas para construir falsos tabiques. Es más barato que el pladur, porque tienes que comprarlo y las tabletas ya las tengo. Se monta muy fácil, no tienes más que recordar cómo construías con el Exin Castillos y, además, le das un toque nuevo a tu hogar.
Así, cuando alguien te visita, puedes hacerle creer que has hecho reformas, cuando lo que has estado haciendo es el gilipollas, elevando muros de turrón por aquí y por allá. Pero, ¿qué es esta vida sin un toque de excentricidad? Además, puedes hasta colgar cuadros, si colocas en los puntos estratégicos el blando, poner una escarpia es más fácil que en los programas ésos de la tele. Cuelgas un par de cuadritos y ya está, has redecorado tu vida en un pispás.
En fin, que siempre se le puede dar un uso a todo ese stock acumulado que no sea comérselo y, ya de paso, engordar quince kilos en dos semanas (a kilo por día). Pero no creáis que así acabaréis las navidades bien delgaditos y fermosos. Puede que tengáis cuidado con el turrón, pero me juego las orejas y no las pierdo (que no las pierda, por Dios, ¿dónde me sujeto las gafas si no?) a que no tenéis ningún cuidadín con los cubatas, las cañas, el lomo, los choricillos, los langostinos, el cordero, el vino y todas esas otras cosas contra las que no me prevenís, cabrones.
Total, que en enero me veo un par de toneladas más gorda, pero este año no pienso hacer el propósito de adelgazar, porque el tema de las decisiones de Año Nuevo, además de dar para otra entrada, es un estrés y un sinvivir.

4 comentarios:

  1. Estoy absolutamente de acuerdo, y lo que pasa es que con los años te has hecho más sabia, oh, Mary Helen.
    Te informo de dos cositas: este año en chez Guzmán NO hemos comprado ningún dulce navideño, recordando que los últimos se fueron a la basura en el mes de junio pasado. (Sin respeto por las antigüedades). Y dos, este año no me he propuesto adelgazar. Hale. Para el día de Reyes roscón y para San Valero, 29 de enero, lo mismo.
    Que os traigan muchas cosas los Reyes, y que no sean turrón.
    Besos.

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  2. Bieeeeen. Veo que alguien se suma a mi propuesta. ¡Arrojemos los turrones a un contenedor antes de que sea demasiado tarde, se conviertan en amigos nuestros y pasen a engrosar las filas de objetos que acumulamos sin saber por qué y nuestros hogares se llenen de porquerías.
    Y, por supuesto, olvidemos la anglosajona costumbre de proponernos gilipolleces para el año nuevo, que no valen para nada más que para perder el tiempo.

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  3. A las pastillas de turrón mías les ha pasado como a los calcetines y a los libros, han tomado posesión de mi casa, han metido muebles, y ya no las puedo echar ni queriendo. Además, los que me mete mi empresa en la cesta son cada vez más finitos, dentro de un par de años serán láminas de turrón y entonces ya no valdrá ni para ladrillos, si acaso mantelitos individuales de sabores (puaj).
    Lo de los propósitos de año nuevo es otro tema, si viviérais con mi ksto lo entenderíais, parece ser que para él cualquier persona que haya aumentado una talla desde que tenía 15 años es un gordo enfermizo, y él, por supuesto, odia a los gordos, así que yo me tengo que hacer el propósito de perder unos diez kilillos si no quiero el divorcio, que me sale más caro; luego, a lo largo del año me encuentro los poquísimos que logré perder, y al año que viene, vuelta a empezar: un estrés y un sinvivir.

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  4. Todavía recuerdo aquel año que aseguraba estar gordísimo y la mamma le regaló una vela que era un señor rechoncho en bañador, con un pañuelo de cuatro picos en la cabeza... Es una lástima que odie a los gordos, vamos siendo mayoría y cada día estamos más guapos. Ojalá fuera sólo el turrón lo que engorda, yo estaría hecha una sílfide.
    Por cierto, ayer "leí" en la tele que un enésimo estudio científico ratifica que la cerveza "no engorda", amigos y vecinos: los que engordamos somos nosotros cuando nos la metemos entre pecho y espalda acompañada de cuatro mil tapitas. Y seguro que se han gastado varios millones de euros en ratificar algo, cuando les hubiera bastado preguntárselo a cualquiera en un bar. Esto sí que es un estrés y un sinvivir. Como lo de los mantelitos individuales de sabores, aunque tienen la ventaja de que, en vez de lavarlos (y, por tanto, perderlos en la lavadora) te los puedes comer de postre.

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