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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Oh, qué bien, un músico en la familia...

Siempre que escucho una interpretación musical francamente buena acude a mi mente el mismo pensamiento: para que el intérprete haya alcanzado tal grado de genialidad, la vida de su familia ha tenido que ser un infierno durante años y años. Para que luego digan que ahora la gente no aguanta nada. En serio, ¿os podéis imaginar tener que sufrir durante siete u ocho años a un petardo tocando el clarinete junto a tu oreja? Qué desesperación, de verdad. Dicen de la madre de Paganini que huía a ocultarse entre los matojos cuando su hijo ensayaba y que tétricas musiquillas (ñigoñigoñigo) acosaban sus sueños y sus vigilias sin descanso. Envejeció prematuramente y terminó sus días, según algunas leyendas apócrifas, con artrosis en los codos (qué dolor, por favor) a consecuencia de la forzada postura que adoptaba para poder taparse los oídos y pasar el mocho a la vez. Pobrecita. Y eso que su hijo era un genio, imaginad lo que hubiera podido pasar de tratarse, como sucede con frecuencia, de alguien con una oreja enfrente de la otra y dedos como morcillas, habría tenido que rellenarse las orejillas de perejil, como pasaba en un libro de Astérix.
Porque eso es lo que nos sucede a la mayoría de los mortales: que tenemos que soportar a un plasta (o más de uno) en la familia o en la comunidad de vecinos, dándonos el coñazo con cualquier artilugio infernal. A ver, quién no ha pensado en hacer a su hermana tragarse la maldita flauta dulce cuando, por enésima vez, oye sonar el "Gatatumba". Luego dicen que la música amansa a las fieras.
Pero el horror no termina aquí, qué vaaaa, todavía pueden sucedernos cosas más terroríficas: el herman@ guitarrer@ que pasa las horas muertas asesinando temas clásicos del rock, si la guitarra es eléctrica (sólo le sale bien el punteo inicial del "Smoke on the water", de los Purple) o dándote ganas de estampársela en la cabeza cada vez que oyes "La Bamba", si es española. ¡Socooooooorro! ¿No hay una ley que nos proteja de "La Bamba"? Pero si todo el mundo está hasta el gorro, hombre, el clamor popular debería encauzarse a conseguir su prohibición absoluta bajo cuantiosas multas.
¿Que no os parece suficientemente "espez luznante"? Pues aún hay más: ¿Quién no tiene un pariente que toca la bandurria en alguna rondalla? Si es así, daos por jodidos, nunca estaréis a salvo cuando vayáis a su casa. Cualquier situación será buena para unos cuantos "dingdingdingding". En un momento aparecerán por allí varios colegas, con sus respectivas bandurrias, más el consabido tocador de botella de Anís del Mono y os pondrán la cabeza como un bombo, dale que te pego Antón con esta o aquella jota. Algunas personas han llegado, presas del pánico, a desalojar sus edificios durante horas y ha sido necesario un requerimiento notarial para hacerles volver a sus casas, porque estaban obstruyendo el tráfico en la calle. Fijaos bien la próxima vez que os encontréis con una concentración extraña de gente, sin pancartas ni nada, y más aún si oís un murmullo parecido a "no lo soporto, no puedoooor". Se tratará de unos que están sufriendo, en sus propias carnes, el acoso interminable de la rondalla.
Pero no penséis que la bandurria es el único peligro que os acecha. Ahora, otro extraño ser se ha unido a este siniestro grupo de petardos musicales: el dulzainero. Sí, no creáis que es algún tipo de chef que sólo hace postres, no, la realidad es muchísimo más aterradora. Se trata de un ser muy querido por todos, hasta que decide aprender a tocar la dulzaina. ¿No hay una forma de ponerle sordina a ese trasto? Porque, hay que joderse, cómo pita, la leche... Dicen que, en algunos lugares de España, fotografías aéreas han revelado que los tejados de ciertas casas están llenos de dulzainas, arrojadas allí por los sufridos oyentes. En mi pueblo, una vez se vino una abajo, por culpa de cuatrocientas dulzainas, veinte o treinta mil trompetillas de verbena y media docena de bombos, de los que se sacan para la fiesta.
Exacto, la cosa empeora por momentos: un bombo junto a tu ventana, no consigo imaginarme la partitura que siguen algunos de sus intérpretes, palabra. Muerooooor.
Y podría finalizar mi catálogo de los horrores citando, sólo de pasada, porque ya me estoy poniendo de los nervios (es que soy muy imaginativa, estoy oyendo en mi cabeza todos esos malditos instrumentos), al pelmazo de la armónica, que a ver si se la traga de una puñetera vez y se deja ya de marear, al vecino que intenta (infructuosamente) aprender a tocar el violín mientras tú crees estar oyendo cómo estrujan un gato, al de la zambomba que pulula por ahí en Navidad y, encima, es un cochino que se escupe en la mano y al taxista que tocaba las castañuelas mientras esperaba en su parada (aunque éste tiene una excusa, porque lo hacía bien, que conste).
De verdad, si conseguís libraros de gente así en el vecindario, vuestra vida será feliz y maravillosa. En caso contrario (y, por desgracia, suele ser lo habitual), se convertirá en un estrés y un sinvivir.

8 comentarios:

  1. ¡¡Diossss, qué razón tienes!! Voy a tener pesadillas esta noche en las que me perseguirán miles de rondallas.

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  2. Aludido-me. Joder, con lo que cuesta asistir una vez por semana a las clases de tal o cual instrumento para agradar los cerosos oidos de la hermandad. Eso si que es un estrés y un sin vivir, tener que levantarte del sofá de tu casa para ir a asistir a una clase de solfeo que malditas las ganas que tiene uno de aguantar a nadie, porque claro... acaso vas a aprender a tocar la dulzaina por arte infuso ¡¡¡noooo!!! hay que asistir a las puñeteras clases y practicar y que de practicar. Lo que si reconozco es que me voy a plantear la práctica de la subsodicha en el algún tejado de Horche, más que nada por tener al lado más dulzainas con las que practicar que la mía muchas veces desafina...falta de aire ¡¡xd!! y eso si que es un estrés y un sin vivir.

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  3. Con Juan Carlos, se produce el efecto contrario: le quiero más ahora con dulzaina que antes. Y es bastante menos peligroso: mientras tenga la dulzaina en las manos no podrá iniciar una guerra de tartas, ni tampoco podrá arremeter contra el resto de la peña con una manguera.

    Por otro lado, me siento muy identificado con varias situaciones del artículo (muy acertado y muy bien escrito, como todos los tuyos, concu).

    Y es que mi madre, la pobre, me apuntó a clases de guitarra para ver si de esa manera se paliaba mi torpeza manual. Y lo único que consiguió es que el vecindario nos odiara a muerte por mis interminables serenatas. Al menos, yo aprendí, aparte del Smoke on the water, una versión bastante rockera del "Viva la Gente", que hace las delicias del personal en todas las reuniones de amigos.

    Con la guitarra no conseguí avanzar nada en la vida. Pero sí con la corneta y el tambor. Fui el cabo de la banda de música de mi cuartel, y con tal de no aguantarnos los ensayos, nos mandaban lo más lejos posible. Aprovechábamos para organizar unas timbas de morirse. Aquello sí que era un estrés y un sinvivir.

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  4. Oh, qué fermosura tan fermosa. Veo que todos sufrimos los mismos males. Aunque el comentario de Fer debería dar ánimos a Juancar, para que vea que no es por él, sino por la dulzaina que, junto a cualquier otro instrumento que alguien toca en casa, se convierte en un estrés y un sinvivir. Si no, pregúntale a Mari que le parece los arrebatos baterísticos de su ksto.

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  5. Los arrebatos baterísticos no son quasi nada comparados con los arrebatos guitarrísticos del medio letón... bueno, tengo que reconocer que dentro del arrebato siempre hay algo más suave y algo más áspero... es preferible un triángulo que un tambor, una gaita que un trombón (o quizás no)una balada que una marcha militar, pero en cualquier caso, ¿qué sería del mundo sin la música?, lástima que uno no nazca con toda la sapiencia puesta... los comienzos son duros, el camino del éxito está salpicado de fracasos... en fin, que cuando el aprendiz de turno deja de tocar... ¡¡¡notas un silencio más agradadaaable!!! y si este silencio no es muy frecuente, se te termina yendo la pinza, que es lo que me ha pasado a mí, lo dicho, un estrés y un sinvivir.

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  6. Ciertamente, hermana entre las hermanas, no había contado con lo que se valora el silencio cuando se callan nuestros fermosos aprendices de músico. Qué gonito, qué emoción, qué fermosura tan fermosa. En fin, que me ratifico en que es un estrés y un sinvivir.

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  7. No sé yo, creo que el día de Nochebuena su serenata de dulzaina por las tascas de Guada fue digna de figurar en los anales...

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